CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

Desigualdades y brechas de género en tiempos de pandemia

Desigualdades y brechas de género en tiempos de pandemia

Marta Clara Ferreyra Beltrán

¿La crisis de la pandemia de COVID 19 incrementó las desigualdades de las mujeres? Para contestar esta pregunta es necesario mostrar cómo era la vida de las mujeres antes de la pandemia, cuáles eran sus principales problemáticas y necesidades, así como el contexto político y social mexicano cimentado sobre un estado débil, derivado de más de dos décadas de políticas neoliberales.

La pandemia llega en uno de los mayores momentos de fragilidad social, no llega como un rayo de luz en un día soleado, sino que radicaliza las condiciones ya negativas para hombres y mujeres. No obstante, como se mostrará, para las mujeres el punto de partida siempre está más atrás que el de los hombres.

La pandemia del COVID-19 ha permitido poner luz a problemas de género y desigualdad que los movimientos feministas habían estado denunciando y trabajando por visibilizar durante décadas. Aunque se trató de ponerlos en la escena y en la agenda pública, y el movimiento del 8M y 9M de este año le dio una gran plataforma a las demandas de las mujeres, no se había logrado con tanta efectividad como con la pandemia.

Esta crisis ha tocado las fibras más sensibles de los temas de cuidados, de salud, de bienestar, y la intervención de las mujeres en este ámbito, así como la participación de las mujeres en la economía formal que exhiben ante el ojo público la violencia que viven las mujeres en sus hogares, misma que se ha exacerbado por el confinamiento.

Este documento se estructura en tres partes: la primera abordará cuál era la situación antes de la pandemia para las mujeres en cinco ámbitos; la segunda expondrá, a partir de un trabajo de campo que se realizó en el Instituto Nacional de las Mujeres, qué piensan y qué necesitan las mujeres, a fin de configurar el Programa Nacional de Igualdad entre Mujeres y Hombres (PROIGUALDAD 2020-2024); la tercera parte, abordará hacia donde se piensa que va el futuro de las mujeres y de la sociedad post pandemia, dónde pueden avizorar y trazar rumbos derivados de las tendencias mundiales para generar nuevas lógicas y pactos entre mujeres y hombres, así como políticas públicas con rostro de igualdad.

 

De dónde partimos

La pandemia de COVID-19 llega en un momento donde el modelo económico y social actual se encuentra agotado y el cual ha exacerbado las diferencias sociales en todos los niveles. La crisis era ya palpable en muchas materias. El desarrollo de las políticas del modelo neoliberal ha ido rompiendo los modelos más sólidos del estado de bienestar. Por ejemplo, hablando de Europa, en donde países como Inglaterra y Francia, que eran los paradigmas más sólidos, en los últimos 40 años han sido debilitados, acrecentado las desigualdades sociales; la pandemia también los ha encontrado en una situación de franca desventaja y fragilidad en los servicios de salud. Por ello se parte de una situación de crisis preexistente. De igual manera, la situación de las mujeres estaba en crisis, ante un estado de cosas adverso, suma de vulnerabilidades como sexo, etnia, condición social, edad. Para hablar de la preexistencia de esas desigualdades, se han elegido 5 temas que muestran las brechas de desigualdad antes de la pandemia: 1) la situación de las mujeres respecto a su autonomía y a su situación económica; 2) la situación de las mujeres con respecto al tema de los cuidados; 3) la violencia contra las mujeres antes de la pandemia; 4) salud y bienestar para las mujeres; 5) la participación de las mujeres en el espacio político y público.

La división sexual del trabajo es un concepto que nos permite entender cómo se estructuran las relaciones y actividades sociales entre mujeres y hombres. Parte de la premisa de una separación primigenia entre mujeres y hombres emanada del sexo biológico, en donde los hombres, al tener una aparente fuerza mayor, realizan las actividades productivas en el espacio público y las mujeres, al tener la capacidad de dar vida, deben realizar las labores del hogar, de cuidados y crianza en el ámbito privado. El problema con esta división es que trae consigo una desigualdad de origen, ya que parten de la dominación masculina y la subordinación femenina, lo que dicta quién hace trabajos valiosos o subvalorados a partir de la concepción que se tiene socialmente sobre de lo masculino y lo femenino. Por ello autoras como Rita Segato han señalado que la división sexual del trabajo es la primera forma de violencia que existe hacia las mujeres, ampliándose y multiplicándose en todas las esferas de la vida.

La división sexual del trabajo ha colocado a las mujeres como responsables casi exclusivas de las tareas asociadas al ámbito de la reproducción, como los trabajos domésticos y de cuidados, y estas pre-concepciones impactan en el imaginario social de manera que se concibe que las mujeres tienen un menor rendimiento laboral, derivado de que su expertise está en el cuidado del hogar y de hijas e hijos, es decir en el ámbito de lo privado. Entonces el papel de las mujeres en lo público genera tensión social. Esto se verá más a detalle en el siguiente apartado.

 

La autonomía y la situación económica de las mujeres

Derivado de los efectos de la división sexual del trabajo, las mujeres entran menos y con menores oportunidades al mercado laboral, en comparación con los hombres. Por ejemplo, la participación económica de las mujeres en empleos remunerados es de 43.7 en relación con el 77% de ellos. Esta participación es lamentablemente la más baja de América Latina (INEGI, 2017). Esta misma situación desigual se observa en la media de ingreso real de las mujeres que para 2018 fue un 25% más bajo que el de los hombres.

La división sexual del trabajo, además de la tensión simbólica que genera para las mujeres en los ámbitos laborales, añade una pesada carga que se materializa ya que deben seguir encargándose de las labores del hogar y del cuidado de la infancia y de personas dependientes. Esto les consume y reduce tiempo para capacitarse, estudiar, descansar o integrarse a trabajos de mayor jerarquía, que piden una mayor responsabilidad con su respectiva carga horaria.

Es necesario en este punto poner en evidencia que cuando se habla de obstáculos en la autonomía de las mujeres, los cuidados son un elemento fundamental a considerar. Para tratar de equilibrar las tareas de cuidados y del hogar, las mujeres suelen integrarse a trabajos de tiempo parcial, en la informalidad y sin prestaciones sociales. Como ejemplo, 2.3 millones de personas son trabajadoras del hogar (INEGI 2018b), de ellas, 9 de cada 10 son mujeres, que no tienen contrato ni los derechos derivados de ese contrato. Apenas el año pasado se autorizó por primera vez a través del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS) la incorporación de las trabajadoras del hogar a la seguridad social, sin embargo, solamente 20 mil de ellas están dadas de alta, es decir el .009% del total. Esto quiere decir que más de 2 millones de mujeres hoy en día continúan en condiciones precarias de trabajo y de vida. Esto se exacerba con la contingencia sanitaria derivada de la pandemia, ya que muchas han sido despedidas o enviadas a “descansar” sin pago alguno ni prestaciones.

Esta población es un vivo ejemplo de cómo la suma de las desigualdades afecta de forma dramática a las mujeres, ya que muchas de ellas son indígenas o vienen de las zonas rurales a las ciudades por falta de oportunidades. Al respecto, 8 de cada 10 mujeres que viven en las zonas rurales, viven en pobreza moderada o extrema (INEGI 2018b) debido a un conjunto de factores, como la falta de ingresos, la falta de propiedad de la tierra que les imposibilita el acceso a apoyos públicos, así como a las decisiones para emplear recursos derivados de la tierra para ellas y sus familias. Este es un hecho generalizado para las mujeres ya que a nivel nacional solo el 35% de las mujeres son propietarias (RAN 2019).

 

La mujeres y el tema de los cuidados

En los últimos años las feministas han pugnado por construir con una mirada diferente el trabajo del hogar y el trabajo de cuidados bajo una premisa económica. Por ello, se habla de una economía del cuidado y de la necesidad de que los cuidados sean visibilizados como un trabajo que han subvencionado las mujeres y que sostiene a las sociedades.

Hoy sabemos que los cuidados son un trabajo al cual no se le da un valor monetario, pero que sostiene la vida, la supervivencia y a las familias. Conformado por una diversidad de actividades: preparar las comidas, gestionar las compras, crear los menús, pensar de dónde va a salir el recurso, la crianza de la infancia; todo lo que significa convertir a un bebé frágil en un ser humano que camine, que va a la escuela; el trabajo se complejiza cuando se le añaden condicionantes como la discapacidad o enfermedades crónicas, la gestiones de los servicios, las consultas, el cuidado de las y los adultos mayores, en los contextos de las familias ampliadas en México. La economía feminista del cuidado ha luchado por poner en evidencia que los cuidados son parte crucial de la economía y de la reproducción social. Ha sido una tarea cargada en los hombros de las mujeres, quienes lo han hecho de manera gratuita y limitando sus oportunidades al utilizar tiempo vital en esas tareas.

No obstante, el valor económico total del trabajo no remunerado de los hogares ha sido calculado por la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México (INEGI, 2018a), que calcula el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados, la producción de bienes de auto consumo y las labores realizadas por niños entre 5 y 11 años. A partir de estas variables, en 2018, el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados registró un nivel equivalente a 5.5 billones de pesos, lo que representó el 23.5% del PIB del país. Este estudio también señala que las labores domésticas y de cuidados fueron realizadas por las mujeres, en un 76.4%.

A pesar de estos esfuerzos por expresar en dinero el trabajo de cuidados, lo real es que sigue subvencionado por las mujeres, lo que permite que, por ejemplo, el cálculo mismo del salario mínimo pueda ser lo suficientemente bajo porque el costo de la reproducción es muy bajo; no se pagan los cuidados, no se paga la limpieza, no se paga la gestión de la vida cotidiana, la crianza y cuidados, los alimentos necesarios para que las personas salgan a trabajar, y los niños y niñas vayan a la escuela como ciudadanos del futuro.

En este sentido, el feminismo ha señalado la necesidad de reconocer, valorizar, poner en el centro de la vida social este trabajo, lo que implica la necesaria interrelación entre Estado y mercado en la provisión de cuidados, e impulsar cambios culturales para dejar de concebir los cuidados como tarea exclusiva de mujeres y niñas.

Muchas niñas a partir de los 12 años y más pequeñas, cuidan a sus hermanos y hermanas menores y a sus padres y madres. Además, cocinan, colaboran con las familias, con sus madres probablemente, para distribuir esa carga de trabajo solo hacia el lado femenino, lo que les reduce el tiempo para desarrollarse en otras actividades como la escuela, que les dotaría de mejores herramientas para su futuro. Esto significa que el tiempo del cuidado interrumpe proyectos de vida de mujeres y niñas.

En específico las niñas de zonas rurales indígenas y en las poblaciones afro no tienen derecho al futuro porque no tienen la libertad de pensarse fuera de lo que la sociedad, sus familias y sus comunidades le están diciendo que tienen que hacer. Esto marca el futuro de nuestro país y tiene que cambiar porque tenemos que mejorar y entender que los cuidados son fundamentales y tienen que ser distribuidos no solamente al interior de la familia sino, como ya se señaló, con las empresas, la iniciativa privada y el Estado.

 

La violencia contra las mujeres antes de la pandemia

El 66.1% de las mujeres de 15 años y más ha vivido al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida. La mayor prevalencia es hacía la violencia emocional con 49%, seguida de la violencia sexual con un 41.3%. Asimismo, el 34% de mujeres que han sufrido violencia ha sido de tipo física y 29% ha vivido violencia patrimonial, económica o discriminación en el trabajo (ENDIREH 2016).

El despido es uno de los mayores actos de discriminación y por tanto de violencia de las mujeres en el ámbito laboral, ya sea porque pueden embarazarse o porque se han embarazado, o debido a que ya tienen hijos e hijas y van a tener que cuidarles. De nueva cuenta se observa como la división sexual del trabajo opera en el ámbito laboral para generar una desigualdad, pues esta pre-concepción de que las mujeres tarde o temprano tendrán hijos e hijas, abandonarán sus trabajos y generarán perdidas para el lugar de trabajo aumenta la discriminación que sufren las mujeres. Ello obliga a replantear la cultura organizacional actual, cimentada en clave masculina, es decir en una noción de los hombres son las personas idóneas para el trabajo formal ya que no tienen que realizar dobles o triples jornadas para cuidar a hijos e hijas y trabajo del hogar, y pueden tener presencia total en los espacios de trabajo. Esto deja a las mujeres en franca desigualdad y violencia.

Se tienen avances gubernamentales al respecto en la Ley Federal del Trabajo, así como en la Norma Mexicana NMX-R-025-SCFI-2015 en Igualdad Laboral y No Discriminación la cual es un mecanismo para instar a los centros de trabajo a que instauren prácticas en materia de igualdad laboral y no discriminación, con el fin de favorecer el desarrollo integral de las mujeres trabajadoras. No obstante esas prácticas discriminatorias siguen operando de manera cotidiana sobre todo para mujeres jóvenes (STPS, CONAPRED, INMUJERES, 2015).

En los últimos 10 años, 43% de las mujeres de 15 años y más ha enfrentado violencia por parte de su pareja, esposo o novio, actual o último. Es decir, la violencia se da fundamentalmente en su entorno familiar y en el hogar. Asimismo 78% de las mujeres que sufrieron violencia física o sexual en el ámbito familiar no solicitó apoyo ni presentó denuncia y en el caso de la violencia ejercida por un desconocido el porcentaje de no denuncia es del 88% (ENDIREH, 2016).

Este sub-registro en México es muy elevado ya que no se denuncia no solamente en el tema de violencia familiar o la violencia de género, sino que en general solo una fracción pequeña de los delitos son denunciados. Esta brecha es fundamentalmente ocasionada por la falta de perspectiva de género con las que ejercen sus funciones las y los operadores la justicia y el sistema de justicia en sí mismos, ya que no tienen el enfoque de igualdad cimentado, por lo que son incapaces de ver la violencia de género como un fenómeno estructural y una particularidad de la cultura que debe ser enfrentada de manera enérgica. El Estado, el sistema de justicia y la aplicación del derecho deben ser contundentes en el combate a la violencia contra las mujeres, ya que en palabras de Rita Segato: “toda sentencia es pedagógica porque lo que se dice en un tribunal es como una escuela, ejerce una pedagogía a la nación, ya que dicta lo que no se acepta y el peso con el que se castiga” (Maffía, Barrancos y Segato 2020).

Al respecto, aquellas sentencias que son relevantes, como pudo haber sido en 2009 la del “Caso González y otras (Campo Algodonero) vs. México”, son sentencias que reconocen el peso de la cultura patriarcal en la violencia contra las mujeres, pues producen un gran trabajo pedagógico en materia de igualdad y de justicia para las mujeres.

 

Salud y bienestar de las mujeres

La salud y el bienestar no solamente se concibe como la ausencia de enfermedades sino que está relacionados con la posibilidad acceder a los derechos fundamentales de las personas y con la capacidad de acceder a una calidad de vida digna, es decir, a educación, a contar con salud sexual y reproductiva, con la posibilidad de obtener un trabajo en niveles de igualdad, respeto, y dignidad. Mujeres y hombres acceden de manera diferente a la salud y bienestar, por lo que, en esta parte se mencionarán los accesos diferenciales que tienen las mujeres a la salud y a la educación, al ser los rubros que mejor ejemplifican como las desigualdades en la vida de las mujeres.

Salud

En la salud de las mujeres las problemáticas recurrentes son el embarazo temprano y la salud sexual. Sobre el primero, entre 1974 y 2009 las mujeres de 15 a 19 años tenían una tasa de fecundidad de un 47%. Sin embargo, en 2012, está tasa llegó a 10.8 (INEGI, 2014a). Si bien esta tasa ha ido en descenso paulatino, entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE 2017 ) México ocupa el primer lugar en el tema con una tasa de fecundidad de 77 nacimientos por cada mil adolescentes de 15 a 19 años de edad. Es importante considerar que en el embarazo adolescente confluyen factores como la precariedad y vulnerabilidad social y la violencia sexual e institucional.

El embarazo adolescente es una brecha para las mujeres jóvenes que ven truncado su proyecto de vida y educación, al menos en la primera parte de su ciclo vital, lo que les condiciona a trabajos precarios e imposibilidad de continuar su trayectoria educativa.

Asimismo, otra de las necesidades de las mujeres en México, en el tema de salud, es el acceso al aborto seguro: el 8.8% de los embarazos de mujeres en edad fértil terminaron en aborto. Esta situación es grave ya que solo en la Ciudad de México y en Oaxaca se permite a las mujeres abortar hasta las doce semanas de gestación por voluntad propia. En otras entidades, como Querétaro y Guanajuato, el aborto tiene muchas condicionantes y está penado desde 6 meses a 3 años de prisión (GIRE, 2019). Esto debe revertirse para poder pensar en la salud de las mujeres y en la posibilidad legal de decidir sobre los cuerpos que es una reivindicación mínima reconocida por Naciones Unidas como derecho humano de las mujeres.

Los niveles de nutrición en la población también reflejan las desigualdades sociales y de género, el precario auto cuidado para las mujeres, la falta de opciones saludables y las largas jornadas laborales y de cuidados que son factores que repercuten en la salud de las mujeres. Entre los años 2006 y 2012 el aumento combinado de sobrepeso y obesidad fue de 7% para mujeres y 3% para hombres (ENSANUT 2012).

Adicionalmente, es importante poner en evidencia otros temas nodales para la salud de la mujeres como la atención a mujeres con discapacidad, el tema de adicciones, la diabetes, la violencia obstétrica, cáncer de mama y cérvicouterino y el entrecruce con las brechas de desigualdad que las multiplican, la gravedad de estos padecimientos en mujeres indígenas, rurales, afromexicanas, adultas mayores, trabajadoras domésticas, en reclusión o en condición de discapacidad.

Educación

La situación de México antes de la pandemia tiene un balance positivo en cuanto a educación básica, ya que el acceso de niñas y niños es una brecha prácticamente superada en este país. Sin embargo, a medida que van pasando los años, las niñas y jóvenes van dejando de estudiar. Este fenómeno se debe a una cultura en donde las niñas van siguiendo el camino de vida predestinado en donde hay vidas que importan más que otras, como diría Judith Butler (2010), lo que significa que, lamentablemente, en esta cultura patriarcal las vidas de las niñas importan menos que las vidas de los niños, generando que las niñas abandonen sus proyectos de vida. Entonces, se requiere también incidir en la cultura, a fin de superar esa idea acerca de que es más valioso invertir en los niños en educación que en las niñas. Este tema en las zonas rurales y las zonas indígenas es alarmante, pues las niñas abandonan los estudios hacia los 10 y 11 años, cuando tienen que pasar a la escuela secundaria, y los varones consiguen niveles más altos de educación. Esto, por supuesto, considerando también que la brecha entre la educación de las niñas y niños en la zona rural y la zona las zonas urbanas es muy alta.

Los indicadores educativos en México, no obstante, presentan paridad sobre todo en los grados escolares más bajos. Sin embargo, las desigualdades siguen presentes en la educación media y universitaria, donde las brechas se presentan, por un lado, en la elección de carreras de ciencias y tecnologías donde las mujeres están subrepresentadas y, por otro lado, cuando terminan la Universidad, con el ingreso a empleos formales. Según datos de la OCDE (2018), las mujeres con educación terciaria ganan sólo un 66% de los ingresos medios de los hombres con el mismo nivel educativo. Lo anterior se puede explicar como discriminación al momento de la contratación, pues esta cultura hace pensar que vale más la pena invertir en los varones, porque las mujeres van a ocuparse de su hogar y abandonar el mundo laboral.

 

La participación de las mujeres en el espacio político y público

La participación de las mujeres en el ámbito público y político es fundamental para hablar de una verdadera democracia participativa. Es imprescindible que las mujeres participen de manera activa en el diseño, implementación, seguimiento y evaluación de toda iniciativa impulsada en esta dirección.

El liderazgo de las mujeres en todos los aspectos de la vida colectiva es fundamental para mantener la agenda de la lucha contra la desigualdad basada en el género y alimentada por las otras y muy presentes condiciones de vulnerabilidad como son la etnia, la edad, la condición socio económica, la discapacidad, y otras. Este punto es importante porque la participación y visión de las mujeres deben estar presentes en la solución de problemas públicos, como la desigualdad de género y los problemas emergentes derivados de la pandemia por COVID 19.

Antes de la pandemia, México estaba en uno de los primeros puestos de participación política paritaria de las mujeres. En 2019 se aprobó una reforma constitucional que destaca la importancia que tiene la colaboración e intervención de las mujeres en la vida política de la nación. Con esta reforma para integrar con paridad a juzgadoras, secretarias de Estado, regidoras, síndicas u otros cargos se busca mejorar la gestión pública con la participación de las mujeres.

Esto significa que se realizará una transformación paulatina a partir de contar con un Congreso paritario, ya que la mirada de las mujeres que ha sido construida en este sistema sexo-género ha permitido que muchas mujeres líderes del mundo hayan atendido la pandemia, no con una mirada femenina si no con una más humana. El liderazgo de las mujeres en tiempos de pandemia es de los temas positivos que ha puesto sobre la mesa la crisis pues lleva directamente a cuestionarse profundamente la calidad de la democracia cuando las mujeres no están presentes.

Esta reflexión debe prevalecer y ser más amplia y plural dando cabida al pensamiento indígena, afromexicano, a mujeres lesbianas y LGBTQ. Hay toda una diversidad de maneras de ver el mundo y aquí se resalta el papel de las universidades, centros de estudios y de investigación para seguir ampliando esta perspectiva plural y paritaria a fin de encontrar respuestas para la crisis derivada de COVID 19.

Hasta aquí se han presentado las condiciones de desigualdad que viven las mujeres a partir de cinco temas clave que han permitido dar un panorama de cómo se encontraban las mujeres antes de la crisis por COVID 19. En el siguiente apartado se presentan las grandes preocupaciones de las mujeres mexicanas, a partir del ejercicio de construcción de política pública del Programa Nacional para la Igualdad entre Mujeres y Hombres (PROIGUALDAD 2020-2024) realizado por el Instituto Nacional de las Mujeres, a fin de identificar las preocupaciones más importantes de las mujeres. Posteriormente, cerramos con una reflexión sobre cómo la crisis de COVID-19 está exacerbado las brechas y desigualdades de las mujeres y qué retos depara el futuro.

 

Las grandes preocupaciones de las mujeres en México.

El PROIGUALDAD 2020-2024, creado en 2013, brinda las directrices de la política nacional en materia de igualdad, teniendo como ejes principales las voces de mujeres recabadas en una consulta ciudadana Dicha consulta fue realizada en los 32 estados de la República Mexicana durante cuatro meses, a partir de una metodología participativa, ajustada desde el punto de vista académico y científico. Se llevó a cabo en mujeres con el mismo perfil, desde mujeres muy jóvenes menores de edad hasta mujeres adultas mayores, pasando por mujeres indígenas, mujeres trans, mujeres LGBT, mujeres trabajadoras sexuales, trabajadoras no remuneradas del hogar, trabajadoras del hogar remuneradas, académicas, mujeres de movimientos sociales, políticas, mujeres cuidadoras, académicas y funcionarias públicas.

Con esta consultas se recabaron los testimonios y demandas de aproximadamente cinco mil mujeres. Esta información fue sistematizada en tres grandes rubros por foro de consulta: a) diagnóstico del problema principal que ubican las mujeres desde su narración misma, b) la solución que ellas encontraban a este problema y c) qué le piden al Estado para poder solucionarlo. Las consultas se realizaron en torno a seis temas fundamentales: 1) mujeres viviendo en comunidades seguras y en paz, 2) mujeres tomando decisiones, 3) mujeres libres de violencia, 4) mujeres con mejor calidad de vida y salud, 5) compartir las labores de cuidado y 6) mujeres con independencia económica.

Los resultados de esta consulta dieron a conocer, de manera general, que las mujeres de todo el país, sean de Baja California, de Tabasco, de Chiapas, de Oaxaca, de Guerrero, o de Sinaloa, quieren fundamentalmente tres cosas: vivir en paz y sin violencia, cuidado de calidad para sus hijos e hijas y personas dependientes, y tener independencia económica. Esas tres cosas son, de todo lo que se abordó en la primera parte, los elementos prioritarios para las mujeres, y en donde hay que poner especial atención en la construcción de políticas públicas, ya que no pueden trabajar de manera remunerada si no tienen a alguien que comparta los trabajos domésticos y de cuidados con ellas y necesitan un entorno de seguridad y paz para poder vivir con sus familias.

Observado de manera más amplia, el contexto de las problemáticas que más han afectado a las mujeres derivado de la crisis del COVID-19 tienen que ver justamente con las que señalaron las mujeres en la consulta ciudadana en el tema de la seguridad y la paz, es decir, la no violencia; el fin de la violencia doméstica, familiar y por razón de género; los temas de cuidado de los trabajos del hogar y de cuidado no remunerados; la autonomía económica y la posibilidad de la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado en condiciones de igualdad y de dignidad. Esto por supuesto es un desafío no solamente para las mujeres sino también para los hombres y para el país, pero las brechas, como ya se señaló, afectan aún más a las mujeres por qué se parte de una situación de desigualdad que la pandemia ha exacerbado.

Durante la pandemia, estas desigualdades y brechas se han multiplicado. Por ejemplo, las mujeres llevan la carga social de los cuidados. En términos numéricos, en promedio, las mujeres tienen un tiempo total de trabajo de 13 horas más que los hombres diariamente en estas actividades y el tiempo total de trabajo que realizan las mujeres es de 68.5 a la semana y el de los hombres es de 55.6, unificado con el tiempos de trabajo fuera del hogar (INEGI 2014b). Estos datos muestran que se tiene una situación desigual en el uso del tiempo que se agrava con la pandemia ya que ha obligado a las mujeres de los hogares a realizar también actividades educativas, que se suman a su pesada carga cotidiana de actividades domésticas, de cuidado, de limpieza, de compra, de desinfección de los productos que traen de fuera, además de la gran cantidad de horas que están ocupando para las tareas escolares de niñas y niños y el cuidado de más personas que permanecen recluidas en casa por la cuarentena.

Adicionalmente, un tema muy importante es el que tiene que ver con la conectividad digital, ya que esta pandemia además de los problemas de desigualdad en el ámbito de la violencia, del trabajo no remunerado y del trabajo remunerado, ha puesto en relieve la brecha digital. En México, más del 60% del territorio no tiene conectividad, lo que repercute directamente en la manera como se vive el confinamiento.

Si hablamos de la brecha digital entre mujeres y hombres, el 51.5% (INEGI 2016a) de las mujeres en México cuenta con la posibilidad de conectarse a Internet, pero la posibilidad de conectarse a un Internet seguro, libre y de calidad que cumpla sus objetivos informativos cae hasta el 22% (INEGI, 2016a).

En estos momentos la falta de conectividad e Internet repercute negativamente en la vida cotidiana de las mujeres. La brecha digital afecta particularmente a las mujeres y a las niñas porque son las que menos acceso tienen a la digitalización y en esta pandemia la brecha digital ha aumentado porque no se tiene acceso al pulso de la pandemia y de la crisis derivada de ella. Este poco acceso de información disminuye la posibilidad de las mujeres de tomar decisiones informadas sobre su vida.

 

Las mujeres en la primera línea de combate y del riesgo frente al virus

Las mujeres representan un grupo vulnerable frente a la pandemia, ya que están en la primera línea del personal del sistema de salud, como enfermeras y auxiliares. En México hay 361,825 personas en enfermería, en donde el 83.1% son mujeres, lo cual significa que hay una sobre-representación de mujeres en esta actividad (INEGI 2018 b). El papel de las mujeres en el servicio de salud de todo el país es de tal magnitud que representó en 2019 el 60.6% entre médicas, enfermeras, técnicas y auxiliares en los hospitales de un total de 951,760 (INEGI, 2019).

Es importante mencionar que aquí también se observan brechas, ya que las mujeres médicas activas en 2019 fueron 123,718, equivalentes al 38.7% del personal que ejerce medicina en todo el país (INEGI, 2014c). Esto significa que las mujeres se encuentran en desigualdad con los hombres en el estatus del ejercicio de la medicina. Esta es una situación generalizada en varias partes del mundo, donde hay una sobrepresentación de mujeres enfermeras y una sub-representación de mujeres en la profesión médica. La pandemia ha mostrado que son las mujeres quienes se encuentran en los triajes, siendo los primeros contactos en el aseo de los hospitales, enfermeras, personal administrativo, laboratoristas, técnicas y médicas.

El sector salud tiene un 60% de mujeres (INEGI 2019) que están en este momento en la primera línea de riesgo frente al coronavirus, lo que implica que, si sumamos las diversas brechas que hasta aquí se han expuesto, genera una situación de desigualdad conjugada para las mujeres que alimenta la precariedad de sus vidas.

 

Conclusiones

A lo largo de este documento se ha expuesto cómo la pandemia del COVID-19 ha tenido repercusiones más graves en las mujeres debido a la preexistencia de brechas de desigualdad entre mujeres y hombres, emanadas de un sistema sexo-género opresivo, que afecta de manera especialmente negativa la vida de las niñas y las mujeres. Aunado a esto, se suma un contexto político y social con un modelo económico fallido y un Estado debilitado que trae como consecuencia una mayor precariedad de los servicios.

Al inicio se dijo que la pandemia llegó en un contexto de desprotección social producto del desmantelamiento sistemático de los estados de bienestar a partir de políticas neoliberales de libre mercado y una sociedad profundamente desigual. En los ámbitos rurales e indígenas, estas condiciones son más graves para mujeres y hombres, sin embargo, las primeras se encuentran en una situación más desfavorable derivado de la situación inicial de desigualdad de género, que se recrudece en mayor o menor medida según tengan suma de vulnerabilidades como pobreza, discapacidad, etnia, edad, entre otras más.

Esto se observa de manera más fehaciente en los lugares donde no tienen acceso a los servicios médicos, a los servicios educativos, servicios sanitarios, al agua, a la electricidad, ya que no cuentan con caminos de fácil acceso. En esta situación muchas mujeres enfrentan de manera más dura las consecuencias de la pandemia, resolviendo las tareas de limpieza y cuidados sin agua potable, las tareas de las y los hijos sin Internet, ni caminos para acceder a zonas con mejores condiciones de conectividad digital.

La crisis que ha desatado la pandemia justo se acentúa en los lugares de más oscuridad para las mujeres y en donde ellas mismas solicitan más apoyo. Las mujeres quieren una vida libre de violencia, independencia económica y cuidados de calidad para sus hijas e hijos. Esto nos indica el tipo de políticas públicas que debemos empezar a construir. Al respecto, antes de la pandemia, México se encontraba justo en la transición de un sistema de seguro popular al Instituto de Salud para el Bienestar, en un intento por fortalecer un sistema muy precarizado por la privatización de los sistemas de salud.

Esta es una reflexión de fondo de varios países para regresar a modelos de salud más cercanos a un modelo de bienestar, que es sin duda uno de los objetivos de este gobierno. Un modelo de bienestar necesariamente debe integrar perspectiva de género y demandas ciudadanas como el aborto seguro y acceso a métodos anticonceptivos oportunos. Un modelo de bienestar también contempla volver a las pequeñas economías, como la economía local, que beneficia a las mujeres; al desarrollo de la economía comunitaria, mediante el fortalecimiento de las economías locales de pequeños modelos de micro créditos y de micro emprendimientos sencillos y solidarios para poder fortalecer la economía comunitaria.

Por otra parte, esta pandemia ha permitido una reflexión amplia del papel de los cuidados como centro de la vida, que han estado realizando de manera gratuita las mujeres y que se ha recrudecido en tiempos de COVID-19. Las mujeres están cansadas y esperando este momento de distribución equitativo.

Es necesario repensar las tareas del hogar y de cuidado desde otra óptica social y de sostenibilidad de la vida. No como labores asignadas a las mujeres a partir de la división sexual del trabajo, sino como actividades que permiten la reproducción social y que deben ser realizadas por hombres, mujeres, iniciativa privada y Estado, porque aquí está el porvenir de todos y todas como sociedad.

Al respecto desde el PROIGUALDAD 2020-2024, se está impulsado un Sistema Nacional de Cuidados, dirigido a liberar el tiempo de las mujeres para que puedan estudiar, descansar, puedan ocuparlo en la recreación, deporte y trabajo remunerado; pero al mismo tiempo se trabajará en el fortalecimiento y en el encuentro de estos nuevos mercados activos de los grandes proyectos prioritarios de Gobierno en los cuales se quiere incidir desde la visión de igualdad.

En una reflexión más amplia, el Sistema Nacional de Cuidados, puede ser que resuelva, además de la vida de las mujeres y las niñas, permitiendo su autonomía económica y su libertad, otros temas nodales para la sociedad en su conjunto como la construcción de relaciones humanas más pacíficas, así como la armonía y cuidado con el entorno ambiental que habitamos.

Finalmente, respecto a la violencia contra las mujeres, en este contexto de pandemia y confinamiento es una realidad que los casos de violencia familiar han ido en aumento. Esto nos muestra las relaciones de poder imperantes en los espacios domésticos que se tejen a partir de lógicas masculinas que utilizan la violencia como forma de dominación. Como atención inmediata a esto, se cuenta con el número de atención 911 para casos de violencia, así como los ministerios y aparatos públicos de atención y sanción de violencia que no han parado en este tiempo de pandemia. Sin embargo, hay que mirar hacía políticas públicas integrales que trabajen con hombres y generen nuevas masculinidades y nuevos pactos sociales, justo en donde los cuidados puedan ser el centro de la vida de las personas y de la sostenibilidad de la vida.

También, es muy probable que al final de la pandemia estemos aún con más dificultades. Dice Rita Segato, y coincido con ella, que al final de la pandemia nos vamos a encontrar con tres formas de indefensión: por razón de género, por razón de raza y por razón de paz (Segato 2016).

 

Referencias

Barrancos, Dora, Diana Maffía y Rita Segato R. (2020). “Conversatorio feminista: Pandemia, aislamiento y violencia.” Conversatorio llevado a cabo vía Facebook live desde el centro Aralma, 3 de junio de 2020. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=4oIiDEIG37o

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