CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

El nuevo Frankenstein digital | Ricardo Mansilla

Oct 31, 2017
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A lo largo de su historia, la Humanidad ha lidiado de muy diferentes maneras con los temores que provocan las consecuencias de sus propios actos. La creación de M. Shelley, por ejemplo, ha sido vista por muchos estudiosos como el resultado trágico de una tecnología incontrolada[1] o como la alegoría salvaje de una clase social desplazada y oprimida por las consecuencias de una Revolución Industrial en ciernes[2]. Esta última fue la respuesta creativa de la Gran Bretaña a la globalización de la economía mundial que se produjo después de los viajes de Colón a América en 1492 y de Vasco de Gama por África hasta la India en 1498. Las colonias británicas en América del Norte, el Caribe y la India formaron un gran mercado para la producción industrial artesanal hecha en Gran Bretaña. Las máquinas fueron diseñadas para competir con una mano de obra humana relativamente cara. La mecanización era rentable en Gran Bretaña a diferencia de otros lugares porque el trabajo humano era más costoso en relación con el capital; es por eso que la Revolución Industrial fue principalmente un asunto británico[3].

Por otra parte, la mecanización de los procesos industriales fue siempre valorada como un procedimiento controversial, toda vez que dejaba a grandes masas de operarios sin trabajo, disminuyendo también los salarios de aquellos que esquivaban el desempleo. Los Luditas, quienes rompieron las maquinarias en las fábricas textiles británicas entre 1811 y 1816, son fuente de inspiración de las expresiones literarias, artísticas y filosóficas del pensamiento anti tecnológico hasta el presente.

A finales de esta segunda década del siglo XXI nuestra especie debe encarar una suerte de Frankenstein digital, vástago de una tecnología que también percibimos incontrolada y que amenaza con despojar a una parte considerable de la sociedad de sus fuentes de ingresos.

Los robots y los algoritmos computacionales han desplazado, de manera velada y consistente, a miles de asalariados de sus puestos de trabajo durante las últimas dos décadas. El impacto actual de este embate aún no es crítico, pero la robusta tendencia que se observa en el proceso permite conjeturar una versión corregida y aumentada de las telúricas transformaciones que se produjeron en el escenario laboral durante la Revolución Industrial del siglo XIX. A pesar de que algunos especialistas estiman que una retroalimentación virtuosa entre la educación y la tecnología podría activarse, generando nuevos puestos de trabajo con altos ingresos que reemplazaran a los trabajos manufactureros perdidos, la visión generalizada es sin duda más pesimista.

La diferencia básica entre este proceso y el ocurrido a principios del siglo XIX reside en las notables transformaciones que las computadoras digitales han tenido en las últimas dos décadas: su velocidad, capacidad de cómputo y sus posibilidades de almacenamiento de datos han aumentado varios ordenes de magnitud, permitiendo por primera vez ejecutar algoritmos que hasta el momento eran imposibles de hacerlos funcionar en tiempos razonables. Solo a manera de ejemplo, desde hace décadas, las computadoras podían calcular con enorme precisión las trayectorias de los satélites de comunicaciones y ayudar a la secuenciación de los genomas de diferentes seres vivos, en particular los seres humanos. Sin embargo, los llamados problemas difíciles de formalizar como el reconocimiento de la voz humana, el reconocimiento de las caras de las personas, la interpretación semántica de textos escritos en lenguajes naturales no había podido atacarse exitosamente. En la actualidad si nuestras caras han sido captadas por alguna cámara de vigilancia, podemos ser identificados en grandes bases de datos de rostros. Nuestras huellas digitales pueden usarse como instrumento de identificación automática y si recibimos ayuda a través de una llamada telefónica, es difícil saber si nuestro interlocutor es un ser humano o un programa (chatbot) que simula mantener una conversación con nosotros proveyendo respuestas automáticas a nuestras preguntas.

En previas oleadas de automatización, los avances tecnológicos permitieron a las máquinas asumir tareas simples, repetitivas y rutinarias. El Deep Learning ha abierto la posibilidad de automatizar tareas cognitivas mucho más complejas y no rutinarias cuya formalización había desafiado hasta ahora al poder de las computadoras. “Durante la mayor parte de los últimos 40 o 50 años, fue imposible automatizar una tarea antes de entenderla extremadamente bien”, comenta E. Brynjolfsson, director de la Iniciativa sobre la Economía Digital del MIT[4]. “Eso ya no es verdad. Ahora las máquinas pueden aprender por sí mismas “.

El cambio tecnológico ya es un factor clave en la creciente desigualdad que asola nuestras sociedades. Es probable que esto se agudice a medida que la inteligencia de las máquinas y la automatización asuman una parte cada vez mayor no solo de las tareas rutinarias en la producción y los servicios, incluidos el comercio minorista, la administración, sino también tareas más sofisticadas como el diagnóstico médico y las actividades financieras. Algunos informes sostienen que alrededor de dos tercios de los puestos de trabajo en México pueden ser reemplazados en el futuro por las computadoras y la robótica[5].

La creciente y compleja interdependencia entre las diferentes economías y sociedades implica también que nuestros políticos (en la eventualidad de que tuvieran la voluntad de hacerlo) son cada vez más incapaces de proteger o dar forma a nuestro futuro. En lugar de patrocinar más políticas de cooperación, las cuales se favorecen de los beneficios de la conectividad y mitigan los riesgos, los políticos culpan cada vez más a los extranjeros y a los inmigrantes por los males.

En muchos aspectos, nuestras vidas en la actualidad discurren en una suerte de Renacimiento. La primera versión del mismo comenzó en Europa a mediados del siglo XIV y terminó a principios del siglo XVI. Trajo una transformación radical de las ciencias, las humanidades y la política. Basado en la invención de la imprenta y el papel barato, la información se democratizó y el monopolio del conocimiento de la Iglesia Católica fue desafiado. Podríamos afirmar que estos periodos históricos se definen por fuertes batallas de ideas. Los científicos (tanto sociales como naturales) deben participar en esta lucha por el desarrollo y la aplicación equilibrada de sus conocimientos e invenciones.

En el primer Renacimiento, los extremistas ganaron. En nuestro segundo Renacimiento, el conocimiento y la investigación deben encontrar una manera de conjurar las amenazas que al bienestar global de la Humanidad hacen sus propios resultados.

[1]  J. Coghill, “CliffsNotes on Shelley’s Frankenstein”, Houghton Mifflin Harcourt, 2011.

[2]  J. Castelló, “Cien años de Frankenstein”, Royal Books. 1995.

[3] R. Allen, “Lessons from history for the future of work”, Nature. vol. 550, pag. 322, 2017.

[4] http://ide.mit.edu/

[5] C. Frey, et al., Technology at Work v2.0: “The Future Is Not What It Used to Be”, Citi GPS: Global Perspectives & Solutions, 2016. Disponible en http://go.nature.com/2xvaukm.

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