CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES
Una agenda para la pandemia[1]
Cristina Puga
“…vivimos ahora, y en el futuro, en la era de las catástrofes subrepticias”
Ulrich Beck. La sociedad del riesgo global

 

Las catástrofes, las crisis, los acontecimientos que alteran el acontecer cotidiano de una sociedad son, también, grandes laboratorios sociales. Más allá de las reflexiones coyunturales y las explicaciones inmediatas, el momento actual constituye un fértil terreno para la investigación social y, más aún, para la investigación interdisciplinaria. México, como la gran mayoría de los países del mundo, enfrenta una situación excepcional que implica nuevas tareas para la producción de conocimiento. Se ha dicho que, al igual que las ciencias naturales son responsables de estudiar los procesos de la enfermedad, las características de los virus y el desarrollo de vacunas, las Ciencias Sociales también deben involucrarse en aquello que les corresponde. Pero, ¿cuál es la responsabilidad de las Ciencias Sociales en tiempos de pandemia?

Al hablar de las Ciencias Sociales me refiero a un conjunto amplio de disciplinas que, con distintos puntos de partida y con diferentes instrumentos metodológicos y teóricos estudian en forma sistemática, fundamentada y basada en evidencia, la vida colectiva –aquello que llamamos la sociedad. Aspectos como la acción conjunta para lograr objetivos comunes, la producción y distribución de bienes, el conflicto, la organización, la cultura, la relación con el medio ambiente y el ejercicio del poder, son estudiados por la historia, la sociología, la economía, la antropología, la geografía humana y la ciencia política, por mencionar algunas de las disciplinas que desde su ámbito particular, y cada vez más desde una perspectiva interdisciplinaria, dan respuesta a las grandes interrogantes de la cambiante sociedad contemporánea.

En su tarea, las Ciencias Sociales enfrentan dos importantes desafíos. El primero se relaciona con el hecho de que el investigador en Ciencias Sociales es simultáneamente sujeto y objeto de la investigación. Es decir, al investigar la sociedad de la cual forma parte, el investigador se convierte al mismo tiempo en investigado, con las consiguientes dificultades para mantener un grado de objetividad a partir del control de simpatías, preferencias políticas, prejuicios y afectaciones personales por los cambios y los conflictos en la sociedad que se investiga.

El segundo desafío es el de la evidencia: al no poder confinar a los actores sociales en un laboratorio para examinarlas al microscopio, el científico social debe obtener la evidencia directamente de la sociedad misma: lo hace mediante censos, estadísticas, encuestas, entrevistas y, en ocasiones, con su participación más o menos discreta en el lugar donde se producen los acontecimientos. La historia con frecuencia aporta información sobre acontecimientos similares y comparables en épocas distintas. Es decir, la sociedad se estudia a partir del registro de lo que acontece en ella y sus posibilidades de ser explicado, medido e interpretado.

 En ese sentido, los acontecimientos que trastornan el orden establecido, como una huelga, un movimiento social o una guerra, se convierten en oportunidades que pueden ser aprovechadas para la investigación social y, más aun, para la investigación interdisciplinaria. De este modo, la pandemia puede ser estudiada hoy como un evento singular en el que confluyen elementos diversos, y a partir del cual se pueden poner a prueba conocimientos generados por muchas décadas de investigación social en el país. A través de trabajos de investigación las Ciencias Sociales aportan mayor conocimiento sobre las consecuencias y respuestas a otras crisis similares; alimentan propuestas de solución a problemas muy diversos y, eventualmente, colaboren a re-direccionar los caminos de desarrollo del país y del mundo. Con ese interés, pongo sobre la mesa algunos temas que pueden despertar la imaginación sociológica de nuestro gremio. No intento un catálogo de aciertos o errores gubernamentales, ni una propuesta de políticas públicas, sino una agenda de nuevas situaciones que hoy reclaman, desde explicaciones de largo alcance, hasta respuestas puntuales generadas por esta situación excepcional de cuya conclusión es aún incierta.

 

El impacto del coronavirus

En este siglo XXI, que inició con el ataque a las Torres Gemelas en Estados Unidos, hemos presenciado diferentes acontecimientos, desde temblores e inundaciones hasta atentados terroristas y guerras de diverso tipo, que impactaron directa o indirectamente esa normalidad aparente en la que todos vivimos y pusieron a prueba la supervivencia de ciudades, comunidades étnicas y países enteros. Por muchas razones, el coronavirus rebasa a las anteriores. Lo hace por su carácter global, por su letalidad selectiva, por su avance implacable. Los numerosísimos artículos, ensayos, reflexiones, informes oficiales sobre el asunto, parecen piezas de un rompecabezas que cada vez resulta más aterrador y preocupante. La plaga está causando estragos profundos en nuestro país y sus consecuencias se extenderán por un largo tiempo.

Además de los rasgos clínicos y expansivos que la caracterizan y que han obligado a una respuesta colectiva —la del confinamiento— en la que confluyen el miedo, la solidaridad y la disciplina social, la pandemia se instala en un contexto complejo, caracterizado por la expansión en los últimas siete u ocho décadas de un modelo económico de industrialización acelerada que algunos autores habían calificado como “de riesgo,”[2] por la enorme cantidad de amenazas que generaba tanto para el medio ambiente como para la organización social, y que ponían en peligro, ya no a un pueblo o un país, sino a todo el planeta. Poco nos imaginábamos que la sacudida no vendría de un estallido nuclear —que sigue siendo posible— ni del agotamiento de las reservas naturales —que se siguen agotando— sino de un organismo diminuto capaz de poner en jaque a gobiernos y poblaciones enteras. Más de un experto había advertido de las consecuencias del intenso contacto debido a los flujos comerciales, turísticos y migratorios en caso de una epidemia. Zigmunt Bauman (2007) señaló a ese incesante movimiento a través de las fronteras como característica de la “sociedad líquida.”

Las migraciones, en efecto, son otro elemento importante del contexto. Situaciones de conflicto, escasez, persecución racial y delincuencia, entre otras causas, han generado enormes traslados de población en distintos puntos del planeta. Al momento de empezar a conocerse la existencia de la pandemia, México contendía con la difícil situación de dar respuestas y salidas a grandes conjuntos de migrantes en las dos fronteras, norte y sur.

A esa condición se agrega la de una enorme desigualdad, en parte debida a la misma expansión industrial acelerada. Hay desigualdad entre países ricos y pobres, entre hombres y mujeres, entre viejos y jóvenes, entre poblaciones estables y poblaciones migrantes y desplazadas. Hay desigualdad en el ingreso, en el acceso a la educación o a la cultura, en el disfrute de bienes tan necesarios como la electricidad, el internet, el drenaje y el agua potable y desde luego, en la atención a la salud. No se trata solamente de que haya hospitales o no, sino del estado de salud diferenciado de quien ha tenido acceso a alimentos sanos, medicinas y visitas al médico durante toda su vida y quien ha atravesado por una vida o largos periodos de penuria y abandono. La salud, dice un connotado científico mexicano, “es un privilegio de clase.”[3] Poblaciones rurales, comunidades indígenas, cinturones de pobreza en torno a las grandes ciudades, pueden constituir escenarios favorables para un virus que se aprovecha del hacinamiento y la debilidad de las defensas físicas de los seres humanos. Desde un comienzo hubo dos ominosas advertencias: una, que Latinoamérica, con una población pobre y mal alimentada, podría ser, como lo está siendo, un escenario aún más terrible que Europa para el avance de la enfermedad; la otra, que en nuestro país el índice de mortalidad podría aumentar por encima del de otros países, debido al alto número de mexicanos con diabetes, lo cual también está sucediendo.

Es así que la pandemia tiene consecuencias en los individuos, en las sociedades locales y nacionales, en los gobiernos y en los sistemas de intercambio y organización de una sociedad global que de pronto se ha visto paralizada. Veamos algunas de ellas a partir de cuatro temas: las víctimas, el confinamiento, la democracia y la resiliencia.

 

Las víctimas

No es este un término que me guste mucho, pero sirve tal vez para lo que quiero decir. Pensaba yo más bien en el de casualties que no tiene traducción exacta al español y que se refiere a los caídos en una batalla. En esta batalla singular que afecta a enorme cantidad de personas, cada individuo constituye una suerte de casualty. En primer lugar, están quienes contraen el COVID-19 —con diferentes grados de gravedad que incluyen la muerte, de acuerdo con factores como edad, sexo y condición física— y los familiares que atienden a los enfermos y deben cuidarse del contagio. Ello implica el desgaste físico y emocional de una población que paulatinamente se ve separada de sus actividades normales y obligada a convivir diariamente con la enfermedad y todo lo que esta implica en términos de pérdida económica, cansancio, angustia y dolor.[4]

En el otro extremo, está la enorme responsabilidad de un sistema de salud público y privado que se sobrecarga de trabajo, máxime, cuando, como en este caso, los enfermos graves demandan equipo especializado para su atención. Médicos, enfermeras, camilleros, entran en una acción acelerada que puede prolongarse indefinidamente y que recuerda la de los hospitales en las grandes guerras que nuestra generación conoce sólo a través de las películas. Hemos visto el rostro agotado del personal médico, su reclamo para disponer de todo el equipo que necesitan, su angustia frente a la muerte de sus pacientes y su dificultad para vivir cotidianamente, evitando actos de agresión originados por el temor a la enfermedad y separados de sus familias para evitar el contagio.

El hecho comprobado de que la plaga del coronavirus ataca con mayor virulencia a los mayores de 65 años ha identificado otro conjunto de víctimas en potencia, al tiempo que pone de manifiesto un rasgo de las sociedades modernas, en las que se ha invertido la pirámide poblacional. La alta mortalidad en algunas ciudades europeas ha estado directamente relacionada con la edad promedio de la población: Italia, con una baja tasa de natalidad, es uno de los países del mundo con mayor proporción de adultos por encima de los 65 años y Bérgamo, en donde comenzó la epidemia, era un lugar de retiro de senior citizens. En Europa, y particularmente en Estados Unidos, las residencias para ancianos se convirtieron en trampas mortales para muchos de ellos que vivían en condiciones pobres de salud, con atención mínima y poco comprometida.

En el caso mexicano, la población de adultos mayores ha recibido mayor atención por parte del gobierno actual, en términos de ingreso extra y atención ciudadana, sin embargo, la mortandad ha sido grande en el sector. Los viejos en México son cada vez más y muchos de ellos viven en condiciones precarias. Con frecuencia, las familias los ven como un estorbo y sus condiciones generales de higiene y salud pueden ser muy débiles. Aunque afortunadamente el tema se ha empezado a estudiar, la consideración de los ancianos, como sector que requiere atención médica especializada, alternativas de entretenimiento y lugares amables para terminar su vida, es un aspecto que ha sido apenas abordado por el gobierno federal y algunos gobiernos locales.

Pero los afectados por la plaga son muchos más. Están también todos aquellos que por las estrategias de contención ven alterada su vida diaria, su rutina familiar y su economía debido al cierre de su fuente de trabajo, de las fronteras, escuelas y empresas, restaurantes, tiendas, hoteles y playas. La pandemia golpea primero a quienes dependen del público para su ingreso diario y, después, a quienes resienten la contracción económica derivada de cierre de empresas y caída de sectores económicos completos.

A nivel mundial la reducción del poder de compra derivado del encierro ha obligado a medidas de emergencia para hacer frente a la recesión económica y el consiguiente desempleo. Las casualties aumentan: se registran quiebras de empresas de todos tamaños, incluso algunas tan importantes como JCPenney y Neiman Marcus en los Estados Unidos o líneas de aviación como Avianca en Sudamérica, con la consiguiente afectación a sus proveedores y empleados. La recesión, piensan algunos economistas, será tan fuerte y extensa como la de 1930. No es sorprendente entonces que gobernadores y políticos en los Estados Unidos y empresarios connotados en México y en otras partes del mundo llamen a reducir el tiempo de confinamiento a partir de la premisa de que será más perjudicial la suspensión de la actividad económica que la muerte de algunos miles de personas. Sin embargo, en las próximas semanas, la reanudación de las actividades económicas puede provocar el rebrotes de ascenso contagiado y de casualties en todo el mundo.

Otro grupo de afectados es el de los “trabajadores esenciales”; un extensísimo grupo de personas que de pronto hemos descubierto como absolutamente necesarias para el mantenimiento de una mínima normalidad: desde choferes de taxi hasta empleados de limpia, conductores de metro, repartidores de supermercados, personal de farmacias, técnicos y empleados responsables de servicios como la electricidad, el teléfono y el gas; productores agrícolas, vendedores de alimentos en los mercados, todos los cuales no se han recluido en sus casas y se exponen diariamente al contagio para que los demás contemos con sus productos y servicios, y se evite una crisis aún más profunda. La lista incluye, hay que decirlo, a funcionarios públicos, periodistas, policías, pilotos de avión, militares y vigilantes en aduanas, fronteras y puertos. Muchos de ellos, ahora nos damos cuenta, perciben sueldos muy bajos y escasas prestaciones. Muchos más, están desde hace décadas en el llamado “sector informal” de la economía, lo cual vuelve más difícil su registro y el otorgamiento de apoyos extraordinarios. Percatarnos de su importancia nos recuerda la teoría de la solidaridad orgánica de Durkheim, que nos dice que el funcionamiento regular de las sociedades depende de una gran cantidad de actividades relacionadas unas con otras, donde la ausencia de una de ellas afecta necesariamente al conjunto, algo que el encierro ha empezado a hacer patente.

Conocer cómo cada distinto conjunto de afectados ha reaccionado a los diversos desafíos que impone la pandemia implica relacionarlos con factores como la desigualdad y la estabilidad: no es lo mismo, por ejemplo, retirarse temporalmente en las casas cuando se tiene un sueldo fijo, que cuando el patrón decide aplicar un recorte de personal, o cuando el ingreso se recibe regularmente por servicios diversos, como el trabajo doméstico, el lavado de autos o el arreglo de jardines. No es lo mismo tener una familia que colabora con manutención y cuidados, a estar en tránsito de un país a otro. La enfermedad se vive de manera diferente en un gran hospital privado o público que en una pequeña clínica municipal y hemos visto ya como la falta de insumos, la mala calidad en los materiales, la imprevisión o la franca desorganización han tenido como consecuencia el contagio y muerte de numerosos integrantes de los cuerpos médicos en nuestro país y en muchas otras naciones.

El confinamiento

La cuarentena ha sido la medida básica para enfrentar las epidemias. Su intención no es evitar la enfermedad, sino su propagación. Nunca, sin embargo, el encierro había sido tan generalizado y tan dramático: la paralización de un mundo que se creía protegido contra las enfermedades por la medicina moderna. A partir de la solución establecida por China al aislar a Wuhan, una ciudad de 8 millones de habitantes y con la experiencia de las dimensiones del contagio y de la gravedad de un alto número de enfermos en esa ciudad, las naciones, con mayor o menor velocidad adoptaron la cuarentena como una medida que abriría un compás de espera para evitar la saturación de hospitales, para dar tiempo a la investigación sobre una posible vacuna y para probar formas de tratar a una enfermedad que se revelaba compleja y engañosa. El contagio se hará con el tiempo más lento en la medida en que aumente el número de inmunizados por la misma enfermedad, pero algunos países que prefirieron el contagio y no el encierro hoy enfrentan un número catastrófico de contagiados y muertos. Así la cuarentena es una suerte de encarcelamiento masivo, vivido por muchos como una imposición arbitraria sobre sus vidas, pero al mismo tiempo constituye una demostración de solidaridad social para garantizar el acceso de los enfermos a hospitales. John Keane (2020) señala que sobrevivir se convirtió en una obligación colectiva.

Las reacciones y afectaciones son muy diversas. A la cauda de problemas económicos que, como hemos visto, acarrea el encierro, se agregan otros derivados de la ruptura de la vida cotidiana: se abandona el trabajo, se posponen tareas que parecían urgentes, se cancelan los proyectos, el deporte, la diversión. Las familias deben convivir durante todo el día, en ocasiones en espacios reducidos que ponen a prueba las relaciones personales mientras que, al mismo tiempo, amistades o parientes cercanos se separan por largas temporadas. Las compras y trámites necesarios se suspenden. La actividad de cada persona se reduce y crea situaciones de angustia, tensión y cansancio. Es sabido que la violencia intrafamiliar, ejercida contra mujeres y niños, aumenta, lo mismo que el insomnio, el consumo de bebidas alcohólicas, la obesidad por inactividad.

 Si hay algo que hace aún más singular —y más tolerable— esta experiencia es sin duda la comunicación digital, ya que, pese al encierro, las personas permanecen comunicados a través de un recurso tan pequeño como sus teléfonos celulares. Las escuelas en todo el mundo, deciden utilizar el internet para impartir clases y hacer exámenes, a pesar de que, con frecuencia, los escolares, principalmente los niños, no tienen ni la preparación ni, frecuentemente, los mínimos recursos informáticos. Se dispara la comunicación por vía de plataformas informáticas e inunda con información, buena, mala o falsa —(fake news)— a un público que la necesita para aquietar su ansiedad. Al mismo tiempo, las relaciones humanas encuentran, gracias a las redes sociodigitales, una posibilidad alterna de entretenimiento y contacto que seguramente tendrá efectos inesperados. La soledad puede ahondarse o compartirse a través de internet. Mientras muchos se resisten a reducir a la pantalla fría sus contactos cotidianos, otros descubren que trabajar desde casa puede ser agradable y evita largos y cansados trayectos. Nuevos desarrollos tecnológicos permiten las reuniones familiares, de trabajo, de investigación o de creación artística. Hay también un retorno hacia la palabra escrita, impulsado por la necesidad de información y de comunicación con familia, amigos, colegas y, hasta de desahogo emocional. Poemas, cuentos, pequeños ensayos, empiezan a invadir el espacio electrónico, también ahora poblado de conferencistas y diálogos a distancia. Nuevamente, las condiciones socioeconómicas y culturales intervienen para hacer de cada encierro una experiencia distinta de acuerdo con el lugar que se ocupe en la sociedad, los recursos materiales con que se cuente y los lazos afectivos que le den soporte.

Democracia

Hemos visto en estos meses de crisis, que los aciertos y errores de los gobernantes en el manejo de la pandemia tienen impacto en la percepción del pueblo acerca de sus gobiernos, de la autoridad y, posiblemente, de la democracia. Tal vez sería mejor hablar en este apartado simplemente del ejercicio del poder, pero, dado que, en general los países del mundo tienden hacia la democracia y cumplen al menos con algunos de sus principios, propongo poner atención en algunos de los efectos de la pandemia sobre la vida política y el funcionamiento de las democracias.[5]

Una primera cuestión que aparece es la dificultad de actuación normal de los poderes. En muchos casos la actividad normal de los parlamentos, las cortes y los congresos suspendieron actividades; en el mejor de los casos han debido aprender a funcionar en línea o por teléfono con las dificultades legales y materiales, así como los posibles errores que ello encierra para políticos acostumbrados tanto al discurso ante el público como a la negociación en corto o al acuerdo tras bambalinas. La ralentización del trabajo del poder legislativo y judicial confiere mayor poder al Ejecutivo que, además, por la misma epidemia, en muchos casos es dotado de facultades extraordinarias. Aunado a ello, el uso de la fuerza se vuelve frecuente, tanto a nivel nacional como local. En nuestro país, al igual que en China o Corea, las policías sirvieron para obligar a los ciudadanos a encerrarse en sus casas; estados o municipios han recurrido a medidas de control policiaco para defender del virus a su territorio y, en algunos casos, no sólo policía local sino el ejército ha debido hacer frente a violencia generada por tensiones sociales y económicas e, incluso, por una mayor presencia del crimen organizado, todo lo cual prende una luz de alerta ante el posible endurecimiento del régimen político.

La respuesta de los gobiernos tiene un efecto sobre el liderazgo. Algo que hemos visto en las últimas semanas, a través de diferentes mediciones ha sido el ascenso y descenso de la opinión ciudadana sobre los gobernantes de acuerdo con las decisiones coyunturales que se toman. Los estilos que hemos visto de liderazgo parecen retar a la clasificación simple de Weber; más allá del liderazgo tradicional, legal o del carismático que a veces es tan poderoso, ¿hay otros factores que explican al líder? Varias mujeres han demostrado que un buen liderazgo incluye medidas rápidas y valientes —ha sido el caso por ejemplo de Nueva Zelanda y de Grecia— mientras que en otros casos, como el de Boris Johnson en Gran Bretaña, aceptar el error y dar marcha atrás en una política equivocada ha sido un factor importante de respaldo social, hasta que un nuevo error (como el de minimizar la desobediencia de su asesor a las medidas de protección impuestas al pueblo británico) le vuelve a hacer perder el favor de sus seguidores. En México, la capacidad expositiva del Subsecretario de Salud, su sonrisa agradable y su aspecto de joven honesto explican tal vez el fervor despertado entre amplios segmentos de la población, a pesar de sus frecuentes contradicciones. En sentido contrario, un caso significativo es el de Trump: hasta qué punto una política repleta de mentiras, expresiones rudas y desafíos a la opinión pública hace mella en una población que, al parecer no se conmueve por los más de 100 mil muertos que ya se cuentan en los Estados Unidos y que rebasan las vidas perdidas en la guerra de Vietnam. Respaldados por su líder, miles de estadounidenses siguen abarrotando playas y calles en varios estados del país y no parecen variar su decisión de votar por él para un segundo periodo presidencial.

De hecho, la toma de decisiones por parte de los gobernantes es compleja en casos como éste. Ante una crisis, la sociedad demanda respuestas oportunas, certeras, inobjetables, todo lo cual está generalmente muy lejos de lo que los gobiernos pueden ofrecer, principalmente cuando, como en este caso, la pandemia tiene una formidable velocidad de expansión y tiende a rebasar todos los cálculos. Muchos gobernantes pecaron de optimistas. Confiaron ya en la excelencia de sus hospitales, en la disciplina de sus ciudadanos o en la capacidad de sus funcionarios —incluso en el clima o las características genéticas de sus pueblos— y subestimaron los alcances de la pandemia o dudaron de la veracidad de aquellos que advertían del peligro que se avecinaba. Quienes hemos leído novelas o visto películas sobre este tipo de catástrofes, sabemos que generalmente hay uno o varios científicos o expertos que tratan inútilmente de convencer a la incrédula autoridad de que está a punto de estallar el volcán o de que hay un enorme tiburón que puede devorar a quienes se metan al mar.

La falta de acuerdo respecto de la magnitud de la crisis, crea tensiones y enfrentamientos entre autoridades y responsables de las distintas tareas demandadas, al mismo tiempo que genera desconcierto entre la ciudadanía. A ello se suma la limitada disponibilidad de recursos, en un mundo que se ha ocupado poco de la salud como responsabilidad de los estados o que, como en el caso de los Estados Unidos, ha desmantelado el sistema de salud universal que ya existía.

En México, hemos visto cómo, a pesar de que el Presidente ha dado todo el respaldo a la Secretaría de Salud que a su vez, ha establecido medidas claras respetadas en mayor o menor medida por la población, no se han canalizado los recursos necesarios y no ha habido una política común para el manejo de la pandemia: los gobernadores han respondido con tiempos y políticas diferentes, a veces en franca oposición al gobierno federal; los médicos han reclamado la lentitud, no solo para proporcionarles equipo, sino de su preparación logística y hasta anímica para enfrentar un enemigo que los rebasa en capacidad destructiva; la Secretaría de Salud ha debido explicar una y otra vez su decisión de no hacer pruebas masivas, ante una ciudadanía que preferiría tener mayor certeza acerca de quien está contagiado y quién no. Los tiempos de la cuarentena se han cambiado una y otra vez ante una pandemia que sigue su curso ascendente y desafía todos los pronósticos. La falta de una política “de choque” para enfrentar el inminente desplome económico, abona a una incertidumbre que puede dar lugar a un descontento social de mayor envergadura.

La opinión pública expresada a través de las redes ha sido extremadamente crítica, como lo ha sido en otras partes del mundo. Los gobiernos democráticos, dice John Keane, son hoy sujetos de una vigilancia constante por organismos extraterritoriales (el Banco Mundial, la OMS, las Naciones Unidas), la prensa nacional e internacional y su propia ciudadanía que tiene acceso irrestricto a todo tipo de información y la difunde a través de redes; una ciudadanía que está lista para denunciar excesos, retrasos y errores en la actuación del gobierno. Keane (2016) se refiere a este fenómeno como la sociedad monitorizante (monitorizing) y al gobierno como permanentemente monitoreado y por lo mismo, permanentemente incómodo y molesto frente a una crítica que no descansa a ninguna hora del día. El franco enojo de numerosos gobernantes frente a Facebook o Twitter, las cadenas de televisión, las preguntas de la prensa o sus apreciaciones editoriales, dan cuenta de un fenómeno político que se viene incubando desde hace largo tiempo, pero que con la crisis cobra importancia y visibilidad.

Resiliencia

¿Será el mundo igual después de la crisis? ¿Habrá servido esta larga pausa para corregir errores y rehacer planes en la organización de las sociedades del siglo XXI? ¿Vendrá una época de mayor participación social o el retraimiento dará paso a gobiernos autoritarios? Son preguntas difíciles de contestar, principalmente porque no se ve aún el final de las condiciones que originaron el confinamiento de buena parte de la sociedad mundial y porque las consecuencias económicas de esta etapa amenazan con ser extremadamente graves.

Entender y analizar el impacto de la pandemia sobre los actores obliga a reflexionar sobre la capacidad de las sociedades para sobreponerse a las catástrofes. Quienes estudian el riesgo, estudian también la resiliencia social es decir, la capacidad de recuperación y reconstrucción de las comunidades después de una situación traumática. Aunque señalada con frecuencia como un concepto conservador que tiende a reforzar la conformidad con el estado de cosas existente, se ha señalado que es también una tendencia fuertemente arraigada en las propias sociedades. Desde la perspectiva del capital social, algunos autores (Fukuyama 1999, Putnam 2000) apuntan que elementos como la existencia de redes de confianza, de asociaciones diversas que favorezcan la acción concertada, de experiencias de participación previa que preparen a los miembros de una sociedad para actuar sin necesidad de ser dirigidos desde la autoridad, favorecen la solidaridad espontánea y la eficacia de la reconstrucción social. Son esos elementos los que se manifiestan hoy en todo el mundo por parte de ciudadanos que se disciplinan para permanecer en sus casas y no extender el contagio, que cantan o aplauden al personal médico desde los balcones de las ciudades, que comunican información útil a través de sus redes electrónicas.

Protagonista central de la resiliencia es la llamada sociedad civil —aquella que no está directamente ligada a intereses políticos o económicos—la cual adquirió fuerza y consistencia en las primeras décadas de este nuevo siglo y que en los meses recientes había disminuido su acción frente a la desconfianza por parte de un gobierno que ha preferido descansar en el pueblo desorganizado. Hoy reaparece en distintos puntos del país, reclamando atención y colaborando con el cierre de actividades y el apoyo a los primeros afectados. La recuperación social después de la pandemia requerirá de una sólida estrategia económica por parte de los gobiernos, pero probablemente también del concurso de esa vigorosa sociedad civil que surgió justamente del sismo de 1985 y ya ha rescatado dos veces a la Ciudad de México.

La resiliencia, por otra parte, implica actitudes emocionales y creación de solidaridades que difieren con las situaciones, los contextos previos y las condiciones posteriores a la catástrofe. El silencio de las víctimas que puede extenderse durante décadas, el remordimiento, el dolor, conforman ese fenómeno que Alexander (2016) ha llamado “trauma cultural” que, mientras no se resuelve, juega un papel adverso al impulso de reconstrucción y retorno a la normalidad. Las carencias económicas seguramente profundizarán el desánimo. Habrá en el mundo una necesidad de líderes que, con una comprensión real de los cambios acaecidos y a partir de la empatía durante el periodo más álgido de la crisis, sepan aportar los recursos materiales y emocionales para la reconstrucción.

 

Colofón: la reivindicación de la ciencia

Solamente he señalado unos cuantos problemas y situaciones que, conforme avanza la pandemia se multiplican y constituyen temas de investigación que integren a más de una disciplina en la búsqueda de explicaciones y respuestas. La reactivación económica; la relación con el medio ambiente, la persistencia del crimen organizado; la organización urbana en un mundo amenazado por el contagio; la expansión de las tecnologías de la comunicación a todos los aspectos de la vida cotidiana; las formas de colaboración social en la crisis, son temas relacionados estrechamente con los anteriores y con muchos otros que pueden ser atendidos por nuestras disciplinas.

Si algo ha demostrado la pandemia es la importancia de la ciencia y de un sistema científico actualizado y capaz de resolver muy diversos problemas. Si hoy se puede avanzar en el estudio de la vacuna contra el SARS-COV2 es debido a décadas de información acumulada sobre los llamados coronavirus y sus diversas manifestaciones; la investigación médica sobre paludismo, tuberculosis, lupus y otras enfermedades está siendo utilizada para enfrentar los síntomas del COVID-19; la estadística, la demografía y las matemáticas actuariales han sido la base de predicciones y construcción de modelos para los epidemiólogos. Todos los gobiernos han debido recurrir al conocimiento experto y han sido especialistas en microbiología, medicina o epidemiología quienes han respaldado a los gobiernos. Este nuevo reconocimiento del saber especializado incluye también un nuevo respeto a los datos y a la verdad, al mismo tiempo que la conciencia de que la verdad puede ser cuestionada y reemplazada cuando nueva información altera hipótesis o experimentos y obliga a nuevas explicaciones.

Algo semejante pasa con las Ciencias Sociales. Hablar de resiliencia, de capital social, de liderazgo, de riesgo o de desigualdad nos remite a una tradición de conocimiento que, en el caso de nuestro país, se ha consolidado a lo largo de décadas, muchas veces a pesar de la lentitud con la que los responsables de tomar decisiones han advertido sus análisis y propuestas. Son Ciencias Sociales basadas en evidencias y el la exactitud de su información. Al igual que las ciencias duras, el conocimiento social se incuba y se desarrolla en universidades y centros de investigación que, a su vez, como en otros países, han resentido la reducción de presupuestos y el menosprecio por parte del poder.

Hacia finales del Siglo XX se empezó a fortalecer la idea de que la nueva etapa de la humanidad era la de la sociedad del conocimiento. La importancia de fortalecer universidades y proyectos de investigación cobró fuerza, a la vista de algunos países que basados en un impulso al desarrollo científico y tecnológico habían dado grandes pasos hacia una nueva etapa de desarrollo económico y bienestar social, en particular los llamados “tigres” del sureste asiático: Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán. Pese a ello, muchos gobiernos consideraron que las universidades y la investigación constituían un gasto excesivo de lenta recuperación y redujeron el financiamiento a la producción de conocimientos. Es interesante que los cuatro “tigres” asiáticos se cuentan hoy entre los países que han respondido con mayor prontitud y capacidad científica a la pandemia.

Por ello, si alguna consecuencia positiva ha de tener este difícil periodo, ésta puede ser la del reconocimiento oficial de la importancia de la ciencia y del respeto a sus diferentes productos cuya utilidad no es necesariamente inmediata, sino aplicable a circunstancias muy diversas. La reiterada demanda de mayor apoyo a una investigación que garantice un caudal de conocimientos útiles para resolver problemas —a la manera de un antídoto contra el veneno de un insecto que puede no ser usado en décadas –, así como una reserva de expertos que formen a las nuevas generaciones y fortalezcan la investigación en todas las ramas del conocimiento, debería encontrar eco en un apoyo estatal deliberado y permanente a la investigación y la enseñanza en todas las ramas de la ciencia.

Referencias

Alexander, Jeffrey (2016). “Trauma cultural, moralidad y solidaridad. La construcción social del Holocausto y otros asesinatos en masa”. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 61 (228).

Bauman, Zygmunt (2007). Liquid times. Living in an Age of Uncertainty. Cambridge: Polity.

Beck, U. (2001). La sociedad del riesgo global. Madrid: Siglo Veintiuno.

Fukuyama, Francis (1999). “Social Capital and Civil Society”, Conferencia en The Institute for Public Policy, George Mason University.

Keane, John (2018). Vida y muerte de la democracia. México: FCE.

Keane, John (2020). “La democracia y la gran pestilencia”. Letras Libres, 257. Disponible en: https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/la-democracia-y-la-gran-pestilencia

Putnam, Robert D. (2000). Bowling Alone. Nueva York: Simon and Schuster

Rubio Carriquiborde, Ignacio (coord.) (2018). Sociología del riesgo. Marcos y aplicaciones. México: FCPYS-UNAM.

[1] Este artículo está basado en la conferencia que impartió la autora el 12 de mayo del 2020 en el Ciclo ”Las Ciencias Sociales y el coronavirus.” La conferencia se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=euSgitSVU8U. Una primera versión de este texto se publicó simultáneamente en el blog del Observatorio de las Ciencias Sociales de COMECSO (https://www.comecso.com/observatorio/una-agenda-coronavirus) y en el blog del Observatorio de la Democracia (https://demoi.laoms.org/2020/03/30/una-agenda-coronavirus/).

[2] Ulrich Beck (2001) animó el surgimiento de una corriente que ha profundizado en el riesgo como aspecto distintivo de las sociedades contemporáneas, asociado no sólo a fenómenos naturales o a consecuencias de la industrialización acelerada, sino a tomas de decisiones que pueden afectar de golpe a sociedades enteras. Cf. Rubio Carriquiborde (2018).

[3] Antonio Lazcano en Conferencia.

[4] Sobre este tema, váse la conferencia de la Dra. Carolina Santillán en el Ciclo de Conferencias”Las Ciencias Sociales y el coronavirus”en https://www.youtube.com/watch?v=tpfCq8cxxCk

[5] Algunas ideas de este apartado fueron sugeridas por Keane (2020).

Descargar

Ver conferencia

Te puede interesar

Precariedad, informalidad y contracción del mercado de trabajo en México
Eventos
0 veces compartido1073 vistas2
Eventos
0 veces compartido1073 vistas2

Precariedad, informalidad y contracción del mercado de trabajo en México

comecso - Jul 01, 2020

Los pronósticos acerca del mercado de trabajo en México apuntan a un crecimiento inédito del desempleo y una profundización de…

Territorio y vulnerabilidad ante COVID-19
Eventos
0 veces compartido962 vistas1
Eventos
0 veces compartido962 vistas1

Territorio y vulnerabilidad ante COVID-19

comecso - Jun 24, 2020

Ante la actual pandemia, se han desarrollado distintos modelos para predecir la dirección e intensidad de contagio. Lo que comenzó…

En la calle no hay cuarentena
Eventos
0 veces compartido602 vistas1
Eventos
0 veces compartido602 vistas1

En la calle no hay cuarentena

comecso - Jun 24, 2020

En la calle no hay cuarentena. Lecciones de la pandemia que visibilizó a las personas en situación de calle. La…

Las teorías de conspiración y el COVID-19
Eventos
0 veces compartido949 vistas
Eventos
0 veces compartido949 vistas

Las teorías de conspiración y el COVID-19

comecso - Jun 22, 2020

En un mundo virtual fuertemente conectado, el recurso más escaso es la atención que le brindamos a las diferentes noticias.…

Educación y pandemia: el futuro que vendrá
Eventos
0 veces compartido1434 vistas
Eventos
0 veces compartido1434 vistas

Educación y pandemia: el futuro que vendrá

comecso - Jun 18, 2020

La presentación aborda el vínculo entre el amplio campo de la educación y la pandemia provocada por el Covid-19. En primer…

Género en tiempos de coronavirus
Eventos
0 veces compartido815 vistas
Eventos
0 veces compartido815 vistas

Género en tiempos de coronavirus

comecso - Jun 10, 2020

Se presenta un análisis de la información y datos de la pandemia desde la perspectiva de género, específicamente cómo ha…

Estrategias económicas en la era del COVID 19 y el cambio climático
Eventos
0 veces compartido936 vistas1
Eventos
0 veces compartido936 vistas1

Estrategias económicas en la era del COVID 19 y el cambio climático

comecso - Jun 10, 2020

Estrategias económicas en la era del COVID 19 y el cambio climático: por la preservación de los bienes públicos globales…

Las complejas articulaciones entre Ciencia y Sociedad. Reflexiones a propósito del Covid-19
Eventos
0 veces compartido998 vistas
Eventos
0 veces compartido998 vistas

Las complejas articulaciones entre Ciencia y Sociedad. Reflexiones a propósito del Covid-19

Laura Gutiérrez - Jun 03, 2020

La discusión y análisis de las articulaciones entre Ciencia y Sociedad es un aspecto central del campo los estudios sociales…

La pandemia Covid-19 y su interpretación desde las ciencias sociales
Eventos
0 veces compartido1857 vistas
Eventos
0 veces compartido1857 vistas

La pandemia Covid-19 y su interpretación desde las ciencias sociales

comecso - May 27, 2020

La propagación de la pandemia provocada por el Covid-19 generó distintas interpretaciones desde las ciencias sociales. Se acusó –a veces…

El impacto psicológico de la pandemia de COVID-19 en México
Eventos
0 veces compartido3235 vistas
Eventos
0 veces compartido3235 vistas

El impacto psicológico de la pandemia de COVID-19 en México

comecso - May 27, 2020

De forma paralela a la pandemia por COVID-19, cerca del 30% de las personas presentarán alguna dificultad emocional relacionada con…

Brechas de género: desigualdades en tiempos de pandemia
Eventos
0 veces compartido939 vistas2
Eventos
0 veces compartido939 vistas2

Brechas de género: desigualdades en tiempos de pandemia

comecso - May 27, 2020

Las condiciones de desigualdad en las que viven millones de mujeres y niñas en México ya eran alarmantes antes de…

La historia y los historiadores post COVID-19
Eventos
0 veces compartido1178 vistas
Eventos
0 veces compartido1178 vistas

La historia y los historiadores post COVID-19

comecso - May 20, 2020

Durante el siglo XX la historia se ha escrito principalmente a partir del análisis de documentos escritos, depositados en archivos…

Algunos de los retos de la administración de empresas
Eventos
0 veces compartido465 vistas
Eventos
0 veces compartido465 vistas

Algunos de los retos de la administración de empresas

comecso - May 20, 2020

El Consejo Mexicano de Ciencias Sociales Invita al Ciclo Las ciencias sociales y el coronavirus Con la conferencia Algunos de…

Redes sociales y conversación pública en tiempos de pandemia
Eventos
0 veces compartido426 vistas
Eventos
0 veces compartido426 vistas

Redes sociales y conversación pública en tiempos de pandemia

comecso - May 18, 2020

El Consejo Mexicano de Ciencias Sociales Invita al Ciclo Las ciencias sociales y el coronavirus Con la conferencia Redes sociales…

La emergencia económica, la emergencia sanitaria y sus adversas consecuencias sociales
Eventos
0 veces compartido959 vistas
Eventos
0 veces compartido959 vistas

La emergencia económica, la emergencia sanitaria y sus adversas consecuencias sociales

comecso - May 13, 2020

COMECSO invita al ciclo Las Ciencias Sociales y el coronavirus con la conferencia La emergencia económica, la emergencia sanitaria y sus…

Una agenda para la pandemia
Eventos
0 veces compartido979 vistas
Eventos
0 veces compartido979 vistas

Una agenda para la pandemia

comecso - May 06, 2020

COMECSO invita al ciclo Las Ciencias Sociales y el coronavirus con la conferencia Una agenda para la pandemia Impartida por la…

Revista Deliberativa, número especial COVID-19
Convocatorias
0 veces compartido524 vistas
Convocatorias
0 veces compartido524 vistas

Revista Deliberativa, número especial COVID-19

Laura Gutiérrez - Jul 01, 2020

COVID-19: RESPUESTAS EN MUNICIPIOS, REGIONES Y ÁREAS METROPOLITANAS Número Especial Deliberativa Revista de Estudios Metropolitanos en Gobernanza La Red Temática…

Doctorado en Sustentabilidad para el Desarrollo
Convocatorias
0 veces compartido350 vistas
Convocatorias
0 veces compartido350 vistas

Doctorado en Sustentabilidad para el Desarrollo

Laura Gutiérrez - Jul 01, 2020

Centro Universitario UAEM Amecameca, Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo Sustentable Convocatoria 2021A Objetivo general Formar investigadores críticos de…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.