Los no privilegiados
Danette Cervantes Quezada
Tan igual y tan diferente a la vez. Las personas han debido regresar poco a poco a sus actividades, algunas nunca dejaron de hacerlo, no tuvieron la oportunidad de resguardarse durante la contingencia sanitaria.
Desde la ventana en un camión de transporte público el paisaje parece tan igual, personas caminando, saliendo de trabajar durante la tarde.
Pero de a poco dejo la ventana de lado para concentrarme en lo que ocurre dentro de la unidad, ese espacio público y cerrado en el que los usuarios conviven aislados de una de las medidas básicas de prevención como la sana distancia.
Quienes no tienen otra opción utilizan el transporte público una o dos veces al día en donde las medidas son complicadas de seguir aunque desearan hacerlo.
El recorrido duró una hora aproximadamente, la ruta incluyó varias colonias de la ciudad mientras personas subían y bajaban de la unidad.
¿Mi experiencia? Lo primero que observé fue el uso del cubre bocas, variedad de diseños, colores, algunos más económicos y otros no tanto. Pude ver a más de un usuario portar el cubre bocas sin cubrir su nariz aunque me percaté que la mayoría lo utilizaba aunque de manera incorrecta.
¿Cómo me sentí? Cuando alguien al fondo del camión comenzó a toser se rompió el silencio, y si bien sabía que se encontraba lejos de mí me pregunté qué sintieron los que estaban cerca de esa persona. Estoy consciente que toser no es sinónimo de COVID, pero muchos ahora tememos hacerlo en lugares públicos evitando la etiqueta de posible COVID.
Sin embargo, sentí que esa insistente tos podría ser un contagio, pero no soy médico y tengo claro que hay otras afecciones que tienen tos como síntoma. Mi sensación ante la situación fue la de una tensa calma.
Poco después subió una mujer con una niña, tendría unos 4 o 5 años ambas con el cubre bocas mal puesto. La niña se sentó junto a mi unos minutos en lo que la señora podía sentarse con ella. Sube otra mujer con un cubre bocas mal puesto y yo no sé qué sentir ni qué pensar al respecto. Sólo me recuerda que cada quien se protege como puede, pero también que hay quienes no lo hacen adecuadamente porque no saben o porque les resulta molesto seguir los protocolos básicos, especialmente en el transporte público.
Mi teléfono no ha dejado de sonar. La familia sospecha que subí a un camión e insiste en la llamada. Están preocupados. Entonces me doy cuenta de que soy privilegiada al poder resguardarme en casa y desde ahí poder trabajar, de convivir sólo con la familia más cercana y de que contamos con vehículos para hacer compras básicas o ir a trabajar. Pero la mayoría no puede.
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