CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

A cada quien su virus. La pregunta por la vida y el porvenir de una democracia viral

[Texto tomado de HALAC]

Halac trae una reflexión de uno de los pensadores latinoamericanos más importantes de la actualidad. El mexicano Enrique Leff es uno de los intelectuales más reconocidos en el campo de la ecología política y de la temática ambiental desde una perspectiva interdisciplinaria. Leff es investigador y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México, y fue coordinador de la Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe del PNUMA.

En este ensayo escrito en especial para Halac, en comemoración a los 50 años del Dia da Terra, Leff nos presenta una reflexión sobre los nuevos desafíos que enfrentamos con la pandemia en la perspectiva de la crisis ambiental y civilizatoria por la cual atraviesa la humanidad. Como afirma Leff, «se trata de un texto prematuro por estar aún en gestación ante lo inédito del acontecimiento y el devenir de la pandemia»; no es un texto rigurosamente académico ni meramente periodístico, sino una «incitación a la reflexión» sobre los dilemas de la humanidad ante la pandemia del COVID19.

Bajo esta advertencia, nuestros lectores podrán aprovechar esta rica reflexión.

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Historia de una Ceguera Colectiva

Enrique Leff

Amanecimos al 2020, un año signado por la premonición de tiempos inciertos. Por los altavoces de los organismos internacionales, desde las alteza soberana de la COP24  y  del  PICC,  del  G-8  y  el  G-20,  escuchamos  la advertencia de que le quedaba tan sólo una década a la humanidad para responder al desafío  del  cambio  climático.  El tiempo está contado.  Corre el tiempo.  Todos contamos; si, pero no de la misma manera. Desde el poder de la ciencia se miden las emisiones de gases de efecto invernadero que han excedido las 420 partes por millón de CO2. En escritorios de los bancos y los paradigmas de la “economía verde” se contabilizaban los bonos de carbono, mediante los cuales se establecía la distribución de las ganancias económicas y los riesgos ecológicos a escala planetaria. Entretanto, los gobiernos continúan su conteo de los billones de habitantes que incrementan la población del planeta, de los miles de millones de los presupuestos nacionales, de los índices del decrecimiento del PIB, en una precipitación de sus cuentas en un presente saturado, en el que está descontado el futuro. Más alejados de nuestra cotidianeidad, los astrónomos continúan contando los años luz en las distancias planetarias y galácticas; los geólogos y biólogos miden y periodizan en eones las épocas de las transformaciones ecológicas del planeta; los sociólogos miden en índices y porcentajes la inequidad y la desigualdad social. Mientras la ciudadanía global ha salido a las calles a reclamar justicia climática, los ecomarxistas recuperan su protagonismo de ayer en los debates del mundo actual reviviendo el mot d’ordre de la revolución socialista: barbarie o revolución. Las convocatorias a debatir la crisis sistémica de la humanidad se  tiñeron de  signos letales  y tonos  apocalípticos. La muerte sin fin revive el fin de la historia. El colapso ecológico, la catástrofe climática, los conflictos socio-ambientales y la debacle civilizatoria ocupan los espectaculares del debate político ante la posible extinción de la raza humana. Todo anuncia la hora del Juicio Final, antes que la de la Justicia Social en esta devastada Tierra.

Hoy el mundo atraviesa por la mayor crisis sistémica de la historia. Es la conjunción sinérgica de todas las crisis: económica y financiera; ecológica, ambiental, climática y epidemiológica; ontológica, moral y existencial. Su alcance es mundial, global, planetario. La crisis civilizatoria de la humanidad expresa de manera virulenta su olvido de la vida. El COVID19, que infecta los cuerpos humanos, afecta profundamente al sistema económico que gobierna al mundo. El régimen del capital que ha desencadenado la degradación entrópica y el cambio climático del planeta, se ha venido asociando de maneras enigmáticas pero cada vez más evidentes, con la “liberación”, mutación y transmisión de los virus al invadir y trastocar el comportamiento de los ecosistemas, alterando la resiliencia, el metabolismo y el “sistema inmunológico” propio de la biosfera.  Estamos transitando de la comprensión de la acumulación destructiva y sojuzgadora del capital a un neoliberalismo y un progresismo que han liberado a un ejército invisible de agentes patógenos que atentan contra la vida humana.

Los organismos internacionales nos dan una década para salvar al Planeta. Pero, ¿cuánto son 10 años en la existencia humana como tiempo límite para deconstruir la historia de la humanidad; al menos de los últimos 2500 años, si nos remontamos tan sólo al “primer comienzo” de la historia de la metafísica, al encadenamiento del Logos que ha destinado los cursos de la vida en la Tierra, que ha configurado la racionalidad de la modernidad que gobierna el mundo y que ha desencadenado la crisis climática y su remate más actual: la pandemia del Covid19 que ha venido a extremar la confrontación entre la vida del capital y la preservación de la evolución creativa de la vida.

Si 20 años no es nada, como dice el tango, 10 años serían menos que nada. ¡A vivir la vida, que ya habrá de recomponerse el planeta!, gritaron al unísono los seres humanos, siempre ávidos de vida. Habríamos de confiar en la “revelación del Ser” en la que meditara Heidegger, en la emergencia de la noosfera que anunciara Teilhard de Chardin, o en la configuración de una “conciencia de especie” que habría de venir a restablecer el equilibrio ecológico del planeta. Si la crisis ambiental fue ocasionada por la racionalidad económica, por la manía de crecimiento del capital, por la voluntad de poder incorporada en la tecnología, confiemos en el iluminismo de la razón, en el progreso de la ciencia, en la potencia de la tecnología y en la mano invisible del mercado para restaurar el planeta y abrir los horizontes hacia el mejor de los mundos posibles.

Capitalistas y socialistas, conservadores y progresistas se enfrentan día a día en el debate público de la arena política; pero se dan la mano, se abrazan y enlazan en esa vertiginosa danza triunfal de la humanidad, al tiempo que a sus pies se desfonda el planeta y se gangrena el cuerpo truncado de la vida, alienado de una razón que no alcanza a comprender las condiciones de la vida en el mundo vivo que habitamos.

Amanecimos en el 2020 tratando de entender la manera en que la ley de la entropía, como ley límite de la naturaleza, gobierna los destinos de la vida invadida por la ley férrea del mercado; estas leyes que deciden los destinos de la vida, pero que no están al alcance de la mano, que son invisibles a la mirada del ser humano, aun cuando tenga una visión 20/20. En eso estábamos cuando despertó de su largo sueño el coronavirus COVID19 y comenzó a invadir los cuerpos humanos. Si a simple vista no alcanzamos a ver al virus de dimensiones sub-microscópicas, la mirada prospectiva de la ciencia, las acciones preventivas de las políticas públicas y las medidas adoptadas fueron incapaces de preverlo, a pesar de que ya el entonces presidente Bush lo preveía allá en el 2005, luego de la epidemia del SARS del 2003; y que más recientemente Bill Gates trató de poner en guardia al mundo luego del MERS del 2015. ¡Un minúsculo organismo pre-celular ha venido a desquiciar al mundo y a poner en jaque-mate la vida humana!

La visión desde la razón instaurada no solo es miope: su estrabismo nace de su dificultad de distinguir el objeto de fondo, la vida, cuando su mirada está enfocada hacia la economía, cuando tiene en la mira la ganancia como la razón de su existencia. La ecuación entre la economía y la vida no la resuelve ecuación o algoritmo alguno. Tampoco los mecanismos ciegos del mercado. Contamos con la vida y cantamos a la vida. Si la pulsión de vida es desmesura, la vida no se deja acotar por medida alguna. Más allá de resolverse las contradicciones entre la economía y la vida como el anverso y reverso de la existencia humana empalmadas en una banda de Moebius, el mundo se ahoga y ahorca en un nudo gordiano del Logos y el Inconsciente; se pierde en los callejones sin salida de los laberintos de la vida en el que se ha extraviado la razón y se ha alienado la vida. El virus ha penetrado el cuerpo humano por los ojos con los que vemos, la nariz y la boca por las que respiramos hasta ahogar nuestros pulmones. Pero no podemos culpar a la naturaleza por haberle abierto el acceso a la vida humana. Como en el Ensayo sobre la Ceguera de Saramago, la mejor metáfora de la historia de las pandemias que amenazan la vida, COVID19 declara que la naturaleza no es culpable. Habrá que cuestionar a la psique humana.

En la historia reciente de las epidemias y pandemias, la reacción de la humanidad ha sido detener su expansión, generar anticuerpos, inventar la vacuna para inmunizar a la población y resolver así la inmediatez de la crisis sanitaria. Pero nos hemos preguntado ¿qué es un virus?; ¿cómo es que siendo parte de la evolución de la vida se convierte en un agente mortífero que ataca y destruye la vida? ¿Cuál es su función en la evolución de la vida? ¿Qué agencia –de la propia naturaleza o de la intervención humana– activa su diseminación y sus efectos patógenos? Estudios recientes como el libro de Rob Wallace, nos acerca a comprender la manera como el gran capital asociado a los grandes ranchos de aves y ganado, y el proceso generalizado del agro-negocio de los monocultivos, al erosionar la biodiversidad y someter a un stress ecológico a la biosfera, ha sido un factor determinante de la “liberación”, mutación y transmisión de los virus.[1] Empero, resulta sorprendente que a estas alturas del desarrollo de la ciencia, de la manipulación tecnológica de la constitución genética de los organismos vivos, desconozcamos el origen mismo de los virus. Los expertos se debaten aun en saber si son anteriores a la célula; si se originaron de manera regresiva de organismos más complejos que perdieron información genética, o a partir de piezas movibles dentro del genoma de una célula para entrar en otra; o si evolucionaron con sus huéspedes celulares. Lo que se sabe de cierto es que habitan la biosfera desde las primeras etapas de la evolución de la vida parasitando diferentes organismos celulares.[2] Pero ya que los virus no dejan huellas fósiles,[3]  no sabemos si todos los virus conocidos por la ciencia moderna tienen un solo y mismo ancestro;[4] si todos los virus que yacen adormecidos en la biosfera han estado allí desde el origen de la vida; si han evolucionado o se han generado y diversificado con el proceso evolutivo mismo:

Hasta el día de hoy, no existe una clara explicación sobre los orígenes de los virus. Los virus pueden haber surgido de elementos genéticos móviles que adquirieron la habilidad de moverse entre las células. Pueden ser descendientes de organismos vivos previos que adaptaron una estrategia de replicación parasitaria. Quizá los virus existían desde antes, y llevaron a la evolución de la vida celular (Wessner, D. R.,   2010, “The   Origins   of   Viruses”, Nature Education 3(9):37).

La Dra. Ananya Mandal afirma que, “De los estudios sobre la evolución se desprende que no haya un solo origen de los virus como organismos. En consecuencia, no puede haber un simple ‘árbol familiar’ para los virus. Su único rasgo común es su rol como un parásito que necesita un huésped para propagarse […] La mayoría de los virus de las plantas terrestres probablemente evolucionaron de las algas verdes que emergieron hace más de 1000 millones de años”. Si bien sabemos que pueden crearse en el laboratorio[5] y son la materia prima de las vacunas antivirales, no sabemos la manera en que los procesos de intervención humana sobre el metabolismo de la biosfera y la evolución de la vida han afectado la “producción”, evolución, diversificación y mutación de los virus que hoy habitan el planeta, refugiados en multiplicidad de organismos celulares huéspedes, a través de los cuales se han propagado hacia el cuerpo humano.

El COVID19 ha sorprendido a la humanidad al ser un “nuevo agente patógeno desconocido”; no sabemos cuánto tiempo estuvo ya antes habitando en la biosfera sin haber sacado las garras para atacar a sus víctimas. Habiéndose convertido en la mayor amenaza para la vida humana y la estabilidad planetaria, lo menos que podría hacer la humanidad es empezar a hacerse las preguntas esenciales y fundamentales, como prueba de su capacidad de supervivencia ante la virulencia de los agentes mortales que ha puesto en movimiento su intervención en el metabolismo de la vida.

Escribo en días del Pesaje judío, la fiesta de celebración de la liberación del pueblo judío esclavizado por el faraón egipcio. Historia real en que las 10 plagas jugaron un fundamental como agentes de la voluntad divina. Celebración de libertad, pero también del preguntar como estrategia de supervivencia. Hoy el COVID19 se ha convertido en un protagonista emblemático de los tiempos que corren: no como emisario de los dioses, sino de la agencia humana en la historia. Algunos opinadores se han adelantado a preconizar al virus como un agente de los propósitos maquiavélicos de los chinos para dominar al mundo, o como el actor social más eficaz para derrumbar al capital; como portador de la revolución social y el cambio civilizatorio. No me parece acertado celebrar la pandemia del COVID19 como el triunfo del virus en representación de la naturaleza capaz de liberarnos del dominio del capital. La naturaleza había sido por siempre la agencia que gobernaba los cursos de la vida en la biosfera, como lo afirmó Vernadsky hace un siglo,  en  plena  era  del  Antropoceno… hasta que el capital llegó a desplazarla para constituirse en el régimen ontológico dominante que gobierna al mundo y destina la degradación de la vida del planeta en la era del Capitaloceno. La deconstrucción de la racionalidad que domina al mundo y degrada la vida no será obra del coronavirus. Vencer al COVID19 a través de una vacuna y de la eficacia de las medidas sanitarias adoptadas por los gobiernos, tampoco habrá de salvarnos de acontecimientos futuros desencadenados por la expansión del capital sobre la biosfera, de una racionalidad tanática que no alcanza para avizorar la construcción de un futuro sustentable, abriendo el horizonte de la vida a un mundo con seguridad epidemiológica y ambiental. El COVID19 reaviva la pregunta por la vida y por las condiciones de la vida.

[1] Rob Wallace, Big farms make big flu. Dispatches on infectious disease, agribusiness, and the nature of science, Monthly Review Press, New York, 2016.

[2] Hasta 2014 se habían descubierto 2827 especies de virus, estimando que aún quedan 320 mil por descubrir. Hacia noviembre de 2017, el National Health Institute había publicado las secuencias genómicas completas de 7454 diferentes virus.

[3] “El problema principal es que nunca se han detectado fósiles de virus. De manera que es difícil especular sus orígenes exactos. Estas partículas son demasiado pequeñas y demasiado frágiles para el proceso de fosilización, o incluso para la preservación de las secuencias de ácidos nucleicos en tejidos de hojas o insectos en ámbar” (Ananya Mandal, Virus origin).

[4] El origen de los virus en la historia evolutiva de la vida no es claro: algunos pueden haber evolucionado de plásmidos –piezas de ADN que se mueven entre las células–, mientras que otros pueden haber evolucionado de bacterias. Los virus pueden ser medios importantes de la transferencia genética horizontal, que incrementa la diversidad genética de manera análoga a la reproducción sexual. Los virus son considerados por algunos biólogos como formas de vida, ya que acarrean material genético, se reproducen y evolucionan a través de selección natural, aunque carecen de características esenciales como la estructura celular que generalmente es considerada necesaria para contar como vida. Ya que no cuentan con todas esas cualidades, los virus han sido descritos como “organismos al borde de la vida” y como replicadores de la vida. Las secuencias celulares ayudan a entender la evolución de los virus a lo largo de los siglos. Por ejemplo, los Geminivirus son un grupo diverso de virus y cada subtipo tiene diferentes genes y componentes genómicos. Sin embargo, las diferencias pueden rastrearse hacia un origen común cuando se considera la diversidad geográfica y la divergencia genética de los agentes o huéspedes portadores de los virus (Ibid.)

[5] El primer virus sintético fue creado en 2002. Aunque en realidad lo que se sintetiza no es el virus sino el genoma de su ADN (en el caso de virus de DNA), o una copia de su genoma (en el caso de virus ARN), para muchas familias de virus el DNA o RNA sintéticos, una vez convertidos enzimáticamente de la copia sintética cDNA, es infeccioso al introducirse a una célula. Es decir, que contiene toda la información necesaria para producir nuevos virus. Esta tecnología está siendo usada para investigar nuevas vacunas. Para noviembre de 2017, fueron ya publicadas las secuencias genómicas completas de 7454 diferentes virus, en la base de datos del National Institutes of Health.

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