La vida en situación de calle en América Latina
El consumo de sustancias psicoactivas
Este libro presenta los resultados de investigación sobre personas que viven en situación de calle y consumen sustancias psicoactivas en cinco ciudades de América Latina. Los autores identifican elementos de la problemática que no han sido tratados adecuadamente, por separado ni en combinación, por otros estudios sobre el tema. En consecuencia, las políticas públicas que se diseñan con base en esos estudios han dejado de lado dimensiones importantes resultando, a la postre, ineficaces.
La manera como los autores de este libro tratan la vida en situación de calle y el consumo de sustancias psicoactivas dejan lecciones para investigadores y estudiosos de otros problemas sociales cuyas causas no son claras, que presentan problemas de medición, de producción de teoría e hipótesis susceptibles de ponerse a prueba, y de traducción en el diseño de políticas públicas eficaces.
Con frecuencia se considera que las personas que viven en situación de calle y consumen sustancias psicoactivas llegaron a esa condición por decisiones individuales y se evaden preguntas acerca de las causas sociales que las llevaron a salir de sus casas, a perder los vínculos afectivos que tenían. Los autores se preguntan, ¿qué relación hay entre vivir en situación de calle y el consumo de sustancias psicoactivas? Quienes viven en esa situación, ¿salen primero de sus casas y luego consumen drogas o es al revés? ¿Las drogas son un hábito autodestructivo o una estrategia de sobrevivencia? (Jorge Cadena-Roa).
Introducción
Alí Ruiz Coronel
En Moral a Nicómaco, escrita en el siglo IV a. C. por Aristóteles (2017), se expone “la teoría del justo medio”, que es el punto de equilibrio entre dos extremos defectuosos, uno por exceso, otro por carencia. Según el filósofo, en el justo medio se encuentra donde la función propia del hombre, la razón, alcanza la perfección, porque sólo a través del ejercicio de la razón se puede llevar a cabo la dura tarea de encontrar este justo medio. La tendencia más natural en el ser humano consiste en transitar hacia los extremos. La existencia de dos principios contrarios y eternos —el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el alma y el cuerpo-— fecunda sobre lo que el antropólogo Claude Lévi-Strauss describió como una estructura elemental del pensamiento humano: las oposiciones binarias.
Este investigador sostuvo que una de las operaciones humanas mentales fundamentales es la clasificación (Lévi-Strauss, 1994), la cual consiste en destacar características y agrupar elementos diferenciándolos de otros hasta crear sofisticadas taxonomías a las que llamó sistemas clasificatorios; éstos abarcarían tanto los esquemas conceptuales que ordenan el mundo, como las prácticas culturales derivadas de ellos. Condesarían la manera humana de entender el universo y de actuar en él. La base de la taxonomía trata de distinguir un elemento oponiéndolo a otro. Así, la red de relaciones que une a los elementos de un sistema clasificatorio es un sistema de oposiciones binarias. Por ello, el pensamiento silvestre, espontáneo, no domesticado, discurre casi instintivamente hacia los extremos: bueno-malo, sucio-limpio, correcto-incorrecto, hermoso-feo. Estas dicotomías compondrían una forma primordial, simple e intuitiva de organizar el universo.
Por el otro lado, aunque la complejidad del mundo real nos resulta evidente, “asir la complejidad, nos es, por definición, difícil”’ (Page, 2011: 33). La perspectiva de la complejidad tiene como punto de partida la acepción simplísima de que «el todo es más que la suma de las partes» y, por lo tanto, estudiar las partes no es suficiente para comprender el lodo. Las partes, inicialmente simples e independientes, se autoorganizan sin un control central para adaptarse al entorno. En este proceso crean patrones, intercambian información, aprenden y cambian (Mitchell, 2009: 4). De esta manera, la diversidad, el conflicto y el cambio dinámico se reconocen como aspectos irrenunciables de esta perspectiva. El gran desafío se encontraría en anticipar el comportamiento de entidades diversas y adaptables con acciones interdependientes (Page, 2011:34). Este es el reto que afrontamos en este libro.
Asumimos que en el consumo de sustancias psicoactivas por personas en situación de calle involucra aspectos bioquímicos, farmacológicos, psicológicos, médicos, sociales, económicos, políticos, culturales e históricos —entre otros— y que tratar de entender interdisciplinariamente cómo estos aspectos interactúan y se influyen, dará mejores resultados que abordarlos independientemente desde cada feudo disciplinar. En la lectura dicotómica, los dos temas que ocupan este libro se encuentran en el mismo extremo de la oposición. La vida en situación de calle, lo mismo que el consumo de sustancias psicoactivas se asocia a lo anormal, incorrecto, insano, sucio y malo. Lo que une a las y los autores de este libro radica en el esfuerzo por domesticar el pensamiento y arrastrarlo hacia el justo medio, hacia ese espacio incómodo donde las certezas no son absolutas ni las formas permanentes. En ese espacio epistémico donde imperan las paradojas, como imperan en este libro.
Primera paradoja. El consumo de sustancias psicoactivas por personas en situación de calle es universal y particular; todos y todas hemos consumido y consumimos habitualmente sustancias psicoactivas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) las define como: “diversos compuestos naturales o sintéticos que actúan en el sistema nervioso generando alteraciones en las funciones que regulan pensamientos, emociones y el comportamiento”.2 En este contexto, no sólo si bebemos vino o café, también cuando nos quitamos el dolor con un analgésico o tomamos una bebida encrgizante, estamos consumiendo una sustancia psicoactiva, como apunta Escohote ésta consiste: “En poder afectar los ánimos mismos reside lo esencial de algunos fármacos: potenciando momentáneamente la serenidad, la energía y la percepción permiten reducir del mismo modo la aflicción, la apatía y la rutina psíquica” (Escohote, 1998: 14) esto explica su uso desde la antigüedad y también que el griego phármakon significara igualmente medicina que veneno (Escohote, 1998: 20). El consumo de estas sustancias suele ser frecuente pero no problemático; incluso entre quienes cumplen los criterios de adicción de la Asociación Americana de Psiquiatría3, se ha comprobado que la mayoría deja de usar drogas ilegales para cuando tiene 30 años y usualmente lo hace sin ayuda profesional (Heyman, 2013, citado en Rivera, 2019: 63)…
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