Las ciencias sociales en tiempos de Bad Bunny
Escribí una primera versión de este texto como conferencia para el X Congreso de Ciencias Sociales en Chihuahua, en la última semana de marzo. Le hice luego algunos cambios para presentarlo nuevamente en el XIV Encuentro de Estudiantes de Historia de la Región Centro-Sur, en Yucatán hace una semana. Ni la primera ni la segunda vez era mi intención hacer un análisis de la música de Bad Bunny. El título surgió porque justo el día de la presentación del cantante portorriqueño en el Super Bowl empecé a intentar un catálogo de los retos y obstáculos en el ejercicio de las ciencias sociales. Pensé que tal vez serviría como una metáfora de los complicados tiempos que vivimos. Tiempos en los cuales la actuación de un ídolo popular, acentuada por un modernizado ritmo tropical, amplificada por los medios masivos y por una coyuntura crítica, sustituye lo mismo a la recién estrenada canción de denuncia escrita por Bruce Springteen, que a la protesta colectiva, y, desde luego al análisis sociológico, para hacer llegar un mensaje que, si bien no tiene contornos y significados precisos, conmueve a una población amplia, latina , predominantemente joven y necesitada de nuevos símbolos y causas justas.
Pese a la música y el baile que dan un alivio temporal, los tiempos hoy son complejos y tensionantes para la sociedad y para las ciencias sociales. Desde cualquier perspectiva que se vean, son de reajuste y de cambio de paradigmas. El mundo se recuperaba de una pandemia que cerró comunicaciones, cambió formas de convivencia, alteró la vida de millones de personas y de la que seguramente aún no terminamos de medir consecuencias, cuando irrumpió la presidencia de Trump en los Estados Unidos. Con ella se rompían esquemas de corrección política (recordemos que el nuevo presidente estaba siendo juzgado doblemente por su participación en los acontecimientos en Washington cuatro años antes y por un caso comprobado de violencia sexual contra una mujer que se sumaba a otras acusaciones anteriores semejantes) y se iniciaba una era de fanfarronería, de violación a leyes de trato entre naciones, de amenaza a fronteras, de persecución a migrantes, de modificación de acuerdos económicos (incluida una política arancelaria que los propios Estados Unidos habían defendido durante más de cincuenta años) y se reinauguraba un discurso conservador , nacionalista y acusatorio característico de una tendencia autoritaria que ha fortalecido gobiernos crecientemente autocráticos en distintos países y que se expresa en cuestiones tan elementales como el odio a los extranjeros, el machismo, la negación del cambio climático, el rechazo a las vacunas y el uso arbitrario de la violencia para eliminar a supuestos enemigos internacionales. Todo ello dentro de una singular estrategia performativa que mi abuela caracterizaría simplemente como mala educación y malcriadez.
Como “el fin de una historia cómoda y del orden internacional basado en normas”, lo resumió Carney , el primer ministro de Canadá, mientras llamaba en Davos, a una reintegración económica y política con nuevas reglas, mayor respeto a derechos y mayor autonomía de las naciones. “Una nueva época que no termina de emerger”, dice Manuel Alcántara, el politólogo español en un artículo reciente. Percepciones muy lejos del optimismo que en algún momento acompañó el fin de la pandemia como posibilidad de una era de mayor fraternidad y respeto por la colaboración entre las naciones. Hoy se habla de la crudeza de la destrucción bélica, del nuevo reparto del mundo y del declive de las democracias. La presencia del crimen organizado dificulta, vigila o controla acontecimientos políticos y económicos. En numerosas naciones, incluida la nuestra, la participación de la sociedad en la elaboración de políticas, la transparencia de los procesos, la prevalencia del estado de derecho son eliminados y sustituidos por presidencialismos verticales y arbitrarios que declaran tramposamente actuar en nombre del pueblo mientras eliminan espacios y procesos de deliberación. Los actores sociales aceptan pasivamente nuevas condiciones sociales y políticas a cambio de magras recompensas económicas y promesas de mejores tiempos que nunca llegan.
Para reforzar esta compleja situación, en los últimos cinco años (mucho antes, pero no nos habíamos dado cuenta por completo) se produce el avance vertiginoso de la inteligencia artificial que ha empezado ya a cambiar nuestros hábitos y resultados de aprendizaje, trabajo académico, producción material y cultural e interacción social, más allá de lo que ya habían sido afectados por el desarrollo del internet, la telefonía celular y la expansión de las redes en los últimos 25 años. De hecho, el nuevo estilo político internacional no está desligado de la expansión de la industria digital, ligada a la explotación de metales raros, la búsqueda de nuevos territorios para la instalación de plantas productoras y el dominio de unas cuantas empresas tecnológicas que crecientemente imponen formas de vida, rutinas de atención a la comunicación digital, y necesidades tecnológicas. El mismo Manuel Alcántara que citaba yo más arriba, ha subrayado el papel que la tecnología está produciendo en una nueva configuración mental y social de los individuos y señaló recientemente que si Nvidia y Microsoft fueran países, su ingreso las situaría en los lugares 4 y 5 del PIB del planeta.
Me estoy refiriendo a procesos muy complejos que, sin duda, requieren de atención, de rechazo o de denuncia, pero al mismo tiempo han abierto una infinidad de nuevos temas y caminos para las ciencias sociales. Cada sociedad, cada país, cada comunidad, vive y resiente de forma diferente el avance de las nuevas tecnologías, de la robotización que acelera procesos y elimina fuentes de empleo, de la inmigración descontrolada o, por el contrario de su control violento, de la intolerancia, de la indiferencia hacia el calentamiento de las ciudades, del señalamiento cotidiano de nuevos enemigos , muchas veces definidos por guerras lejanas que reducen el mundo a buenos y malos, y de los recursos teatrales y retóricos que esconden decisiones autoritarias e impopulares. No es el momento para analizar cada uno de esos procesos, pero si para reconocer su presencia como elementos que enmarcan, influyen, explican otras acciones, procesos y políticas en torno a nosotros. Y por supuesto, que merecen ser estudiados, interpretados y eventualmente solucionados.
Las condiciones del ejercicio académico
Algunos de los cambios arriba enunciados tienen efectos sobre la explicación sociológica, pero también sobre la vida académica misma, independientemente de las disciplinas. Solo mencionaré algunos que tienen que ver con el cambio tecnológico.
Para empezar, las nuevas tecnologías cambian las formas de apropiación del conocimiento. La consulta en internet dinamiza la búsqueda bibliográfica, nos pone en contacto directo con conferencistas de primer nivel y nos mantiene informados de lo que pasa en el mundo, pero al mismo tiempo se adelanta a nuestra curiosidad y nos resuelve las dudas antes de que las formulemos, nos resume los textos sin dejarnos leerlos o nos entrega la información previamente digerida y tal vez despojada de elementos críticos visibles. Fría y despersonalizada, la inteligencia artificial puede sustituir a la verdadera investigación histórica, política y social.
Al mismo tiempo, la relación virtual, acelerada desde la pandemia, desplaza a la relación presencial. Ofrece la posibilidad extraordinaria de entrar en contacto con conferencistas de primer nivel, reduce problemas de traslado, abre nuevas fronteras didácticas. Pero las reuniones académicas como esta, con toda su riqueza de relaciones, intercambio, cercanía con los colegas y emoción, son reemplazadas por la presencia individualizada desde el escritorio de cada uno. Los profesores en el aula virtual con frecuencia imparten sus conferencias sin certeza de que detrás de los letreritos con el nombre que aparece en la pantalla del zoom haya seres humanos reales con cara de que entienden o que no entienden lo que se dice. Muchos posibles encuentros se llevan a cabo en salas vacías con una pantalla al frente….
En los estudiantes se produce simultáneamente un asombroso conocimiento sobre la época junto con un creciente analfabetismo intelectual. No los estoy menospreciando. Las nuevas generaciones son hábiles con la computadora y una multitud de avances electrónicos; son capaces de buscar y encontrar temas e informaciones en un santiamén; leen y hablan en otro idioma y a veces en más de uno, generan nuevos términos y explicaciones, ganan olimpiadas de física y de matemáticas. Pero la literatura les cuesta muchas horas de atención a la que no están muy acostumbrados y la historia les parece terriblemente lejana e inútil. Mis alumnos usan las búsquedas electrónicas para identificar personajes, fechas, épocas, pero su interés es poco: ¿Para qué saber quiénes eran liberales o conservadores, centralistas o federalistas, miembros de la primera o la tercera internacional o fundadores de la república de Weimar? ¿Qué fue primero: la Revolución francesa, la guerra de independencia de los Estados Unidos, la Carta Magna o la Revolución de octubre? Y pregunten a un estudiante de otros países donde está Guatemala, Ecuador o Paraguay. Conocimientos que se les van haciendo lejanos frente a la cantidad impresionante de acontecimientos – devastación en Gaza, guerra en Irán, barcos detenidos en Ormuz, destrucción en Lituania, escándalos de monarquías sin corona, a los que los estudiantes tienen acceso todos los días mediante el expediente sencillo de encender su celular o abrir la computadora. Y ni siquiera en eso hay un interés intenso. Pocos ven los noticiarios (dudo que eso sea lo que escuchan con sus misteriosos audífonos mientras van de un lugar a otro) y cada vez menos creen en las opiniones de editorialistas y comentaristas políticos.
Afortunadamente en medio de esa generalizada indiferencia juvenil hay elementos esperanzadores. Los libros no han desaparecido, como vaticinaban los pesimistas. Las ferias literarias se llenan de jóvenes y hay una impresionante producción de novelas de romances medievales, mundos alternativos y personajes dotados de poderes extraños que atrae la atención de niños y adolescentes. Nuevas asociaciones se construyen y grupos ciudadanos en todo el mundo reclaman derechos. Hay caminos de resiliencia, pues.
Para la docencia el proceso tecnológico supone retos de todo tipo: los analistas en educación han empezado a advertir de la pérdida de retención de niños y adolescentes y algunos gobiernos preocupados por el excesivo predominio del uso de tablets y celulares han decidido prohibir su uso hasta después de los 14 años. Importantes analistas como Daniel Innerarity recomiendan aprovechar todas las ventajas de la IA para hacer la investigación más fácil y más productiva, mientras muchos profesores nos preguntamos cómo asegurar que se siga produciendo conocimiento original y no refritos del grock. ¿Cómo evaluar el avance de los alumnos, cuando la IA produce textos sobre casi cualquier tema? ¿Habrá que imaginar nuevos diseños curriculares, formas de aprendizaje y respuestas inteligentes para enfrentar al inminente desplazamiento de formaciones profesionales por parte de la intervención tal vez poco creativa, pero certera y asentada en conocimientos previos, de las inteligencias artificiales? Se habla crecientemente de las microcredenciales y algunos audaces han propuesto volver a la formación universitaria básica, humanista y liberal y prescindir del conocimiento especializado.
El desprestigio de la ciencia
Paradójicamente, junto con el avance de la tecnología, existe simultáneamente una desconfianza hacia la producción científica, tal vez porque hay intereses a los que le conviene que solo unos cuantos tengan el control de los nuevos conocimientos. En todo caso, hay una descalificación hacia los científicos (tachados de superficiales, dispendiosos e indiferentes hacia las necesidades de la sociedad) junto con una tendencia global a reducir el presupuesto de universidades e instituciones de investigación. Generalmente son las ciencias sociales las primeras afectadas. El gobierno de los Estados Unidos que mantenía un importante financiamiento a organismos internacionales está reduciendo su aporte a la UNESCO, UNICEF o la OMS, lo cual repercute en recortes a presupuestos de investigación. Con frecuencia hay que recurrir a fundaciones privadas a las que las ciencias sociales les tienen ciertas reservas. Y, pese a las condiciones crecientemente precarias del ejercicio de la investigación y la docencia en el mundo y en nuestro país, cada vez más se nos demandan soluciones a problemas urgentes, trasladando la responsabilidad que corresponde a los gobiernos a quienes trabajamos en la producción de conocimiento.
Ciertamente la posibilidad de un mundo mejor, mas justo, igualitario y democrático está en el horizonte de las ciencias sociales. En esa dirección la sociología, la ciencia política, la historia, la antropología, la geografía o la psicología social aportan explicaciones, propuestas, conceptos y teorías explicativas. Lo hacen en diálogo permanente con la sociedad a la que los científicos sociales pertenecen y estudian. Su aporte, por ello, va más allá de las soluciones precisas que supuestamente deberían producir. Cuando hay una intención expresa puede suceder que se establezcan canales más o menos eficaces, pero no necesariamente. Con frecuencia, los resultados se guardan en un cajón y no encuentran una aceptación por parte de autoridades o grupos sociales. Y, sin embargo, avanzan a través de los salones de clase, las tesis de licenciatura y posgrado, los intercambios con los colegas, las conversaciones con actores interesados. Los conceptos se cuelan al lenguaje cotidiano. Gobernabilidad, gobernanza, colonialismo interno, gentrificación, discurso, narrativa, migración interna. Y el cambio, aunque no lo veamos en el momento, es acumulativo.
A manera de conclusión.
¿Tiene todo lo anterior que ver con el fenómeno Bad Bunny? Sí , en cierta manera.
Me cuesta trabajo entender la música de Bad Bunny. Reconozco que desde siempre, la música ha sido vehículo de sentimientos profundos y que una actuación oportuna -un atleta negro alzando el puño en la olimpiada del 68, un discurso audaz en la entrega de los óscares- puede aportar simpatía y solidaridad a una causa. Por eso Unicef o la Asociación para los refugiados de la ONU recurren a actores famosos (Angelina Jolie, Liam Neeson, Luis Gerardo Méndez) para estimular donativos. En mi época, la protesta se nutría de Joan Baez, Bob Dylan y Los Folkloristas. Participé en un grupo que promovía la canción de protesta en la segunda mitad de los sesenta -antes y después del 68- y las canciones eran directas y susceptibles de ser musicalizadas por guitarristas más o menos talentosos. “Yo quiero que a mi me entierren como a revolucionario”, o la de Zitarrosa, “En mi país, que belleza, cuando empieza a amanecer…” o en fin, hasta el “pasar haciendo caminos”, de Joan Manuel Serrat.” Todos muy lejos del ritmo pegajoso y la jerga boricua del cantante portorriqueño que cuenta con un enorme prestigio ganado a través de sus grabaciones y premios en festivales y encuentra eco en una generación que se precia de poder entender su no siempre comprensible pronunciación y que se siente bien contonéandose al ritmo que sus canciones marcan.
El día del Super Bowl, con el apoyo de un bien trabajado espectáculo de quince minutos – elaborado mediante una posible utilización de la inteligencia artificial– reproducido por cámaras en pantallas gigantes y enviado a celulares, tablets y computadoras de todo el planeta, Bad Bunny tuvo una enorme eficacia mediática y mejoró el ánimo popular. Su actuación sexualizada, aceptadamente machista pero empática y llena de dinamismo, le recordó a un presidente encerrado en sus propias explicaciones y espectáculos, que los Estados Unidos no son América, que llevan décadas de colonización latina, aquella que alarmó a Huntington hace treinta años, y que su lucha contra la inmigración es seguramente una batalla perdida a pesar de la violencia de sus fuerzas de seguridad. El mensaje, por su oportunidad y su alegría, causó un impacto inmediato y generó una simpatía y solidaridad mayor de la esperada. Por eso vale la pena reflexionar en lo sucedido.
Bad Bunny es un pretexto que nos recuerda que lo que sucede a nuestro alrededor es contexto, es posible y plausible motivo de análisis; es provocación para pensar en otras situaciones semejantes a lo largo de la geografía y de la historia. Su espectáculo puede ser visto de igual manera como una llamada de atención al desplazamiento del análisis crítico y su sustitución por la publicidad, la simplificación y la imagen reproducida en las redes sociales, que como una demostración de que la sociedad encuentra eficaces caminos alternativos para expresar su descontento y manifestarse frente al poder. Para el caso de las ciencias sociales que son las que nos traen a este Congreso, es un recordatorio, junto con muchos otros, de la multitud de nuevos temas que demandan atención para cumplir con aquello que C. Wright Mills les solicitaba a nuestras disciplinas: vincular a la biografía con la historia. Es decir, estudiar y explicar el acontecer cotidiano para hacerlo significativo y comprensible a la sociedad a la que pertenecemos.
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