CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

David Roldán Alzate

Soy estudiante del Doctorado en Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Zacatecas, UAZ. En enero de 2019 llegué a México buscando consolidarme en la investigación. Tomé la decisión de dejar de darle rodeos a mi vida con trabajos burocráticos que no me hacían feliz.

México me acogió, me respaldó con recursos suficientes para llevar a cabo mi plan; hice amigos que me han hecho sentir en casa. Cuando llegué, en algún lugar de la mente profunda tenía la idea de que podía ocurrir una catástrofe y que no volvería a ver a mis papás. Esas ideas no eran nuevas ni angustiantes, ya las conocía debido al trastorno de ansiedad generalizada con el que batallo desde hace 10 años. El hecho de que en el pasado no se hubieran cumplido profecías catastróficas, me daba la tranquilidad suficiente para saber que volvería a ver a mi familia con salud, que los volvería a abrazar en el hogar. Me bastaba con la idea de verlos por videollamada para sentirme tranquilo. Ya habría oportunidad de volver.

Las noticias de inicios de 2020 sobre el crecimiento de la pandemia en China, Irán e Italia me generaron frustración y rabia, porque me parecía inconcebible que el sistema internacional no fuera capaz de darnos confianza en pleno siglo XXI -me criaron con la idea de la infalibilidad del capitalismo en la década de 1990. Veía diariamente al director de la Organización Mundial de la Salud en televisión dando malas noticias. Su rostro impávido me hacía pensar en la fragilidad del mundo frente a los poderes de farmacéuticas e imperios. También aparecían imágenes mentales sobre laboratoristas creando virus y vacunas para inocularnos chips, de la que hablaban incluso ídolos como Miguel Bosé. ¿Sería posible?

Más adelante aparecía Donald Trump aprovechando el virus para estigmatizar a China y a los chinos, sin ningún tipo de control en campaña presidencial. Esas noticias no me espantaron tanto como la cancelación de los Juegos Olímpicos y la cancelación de todos los campeonatos de fútbol. La tragedia global iba tomando forma y la frustración se convirtió en miedo.

El 2020 no me trajo miedo. La decantación de la información y el reacomodamiento de la institucionalidad del Estado, en México y Colombia, me dejaron ver una catástrofe predecible para América Latina. La sociedad se empezó a comportar como en catástrofe. Empecé a comparar los terremotos de Armenia, Colombia en 1999 que dejó más de 1.100 muertos, y consulté acerca del terremoto de Ciudad de México, de 1985, que dejó más de 40 mil muertos, de acuerdo a cifras oficiales. También pensé en las más de 270 mil muertes que dejó el conflicto armado interno colombiano (Centro Nacional de Memoria Histórica). Normalicé la muerte, como de costumbre hace un colombiano y un latinoamericano de forma inhumana, pero lamentable y real.

En México, después de la noticia sobre cifras de muerte por el virus, veía las cifras de muertes por masacres en distintos Estados, así como asesinatos de líderes políticos. Me sumergí en la realidad del “quédate en casa”, como si fuera una catástrofe alargada de la cual era partícipe, pero no me alarmaba, era normal. Me afectaba momentáneamente la amargura de gentes sin tanques de oxígeno para sus familiares, de las denuncias de atropellos a los médicos. Pero más pensaba tristemente en la pobreza que crecía en las calles de las ciudades, en Zacatecas donde estaba, y también en Medellín donde más de la mitad de la gente vive de lo que produce en un día.

Todo eso terminó cuando mis papás enfermaron de Coronavirus, en semana santa de 2021. Mi papá tiene 74 años y mi mamá 68, viven juntos en Medellín. Desde que era adolescente no sentía miedo por perder la raíz de mi vida, a estas personas que me hicieron lo que soy. En aquella época mi familia fue víctima de la guerrilla colombiana; nos tocó la realidad del secuestro, el asesinato y la extorsión, que nos congelaba, nos hacía inhumanos, como vegetales.

El Coronavirus nos detuvo a mis tres hermanos y a mí durante dos semanas, hasta el 11 de abril cuando los médicos dieron el alta a mis papás, porque habían superado los síntomas y se habían recuperado. El miedo se superpuso a cualquier interés por saber si la pandemia venía de China, si existían las vacunas, si había afectaciones económicas. El miedo fue más potente que las dos naciones y mi propia vida, mi proyecto personal. No importaba nada más que esperar la noticia del oxímetro: saturación por encima de 90.

Hoy, sentir miedo se expresa en mi mente como un laberinto sin salida, del cual quiero salir de alguna forma, incluso saltando los muros, pero éstos se van haciendo más altos a partir de la incertidumbre, de la distancia. La muerte aliviaría, afortunadamente no llegó. Para miles de familias el miedo dura los meses que su familiar esté en una Unidad de Cuidados Intensivos sin poderse comunicar, o los minutos eternos en que se ve al familiar ahogarse sin oxígeno.

Tuve la oportunidad de escribir sobre experiencias en México y Colombia, sobre la vulnerabilidad humana en la pandemia, y eso también me alivió. El miedo al hambre, la angustia por perderlo todo se exacerba en este capitalismo agonizante. El Coronavirus es más piadoso con algunos, que pudimos planear nuestra vida y tener un ingreso permanente. El Coronavirus se irá, pero el miedo permanecerá mucho más tiempo. La vida de millones de personas en el mundo está detenida, no tanto por el virus, sino por el hambre.

Agradezco a México por enseñarme sobre adaptación al dolor y a la angustia. Agradezco el acompañamiento de la Unidad Académica de Ciencia Política de la UAZ, por adaptarse y ayudarnos a adaptarnos a la pandemia sin parar el proceso formativo. Agradezco a los mexicanos por mostrarme que el miedo es trasnacional y agradezco haber vivido este miedo que me sacó de una normalidad egoísta, artificial.

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