CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

Foro Internacional, vol. LXIV, núm. 2

Foro Internacional es una revista académica publicada por el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Fundada en 1960 por Daniel Cosío Villegas, la revista publica trabajos académicos de investigadores nacionales y del extranjero en las ciencias sociales, con enfoque en relaciones internacionales, política comparada, política mexicana, administración pública y teoría política. Foro Internacional está abierta a investigación rigurosa desde distintos enfoques disciplinarios y metodológicos.

Foro Internacional, vol. LXIV, núm. 2 (256) abril – junio, 2024

Presentación

POLARIZACIÓN VIEJA Y NUEVA. DEMOCRACIA, ELECCIONES Y CONFLICTO EN MÉXICO
Mariano Sánchez Talanquer
El Colegio de México
https://orcid.org/0000-0002-5608-3365

Cualquier examen de la política mexicana contemporánea alude con rapidez a un viejo concepto de importancia descriptiva y analítica renovada: la polarización.

El diagnóstico extendido descansa, de forma más o menos explícita, sobre tres puntales: primero, la polarización política ha ido en aumento en México en los últimos años; segundo, el fenómeno puede tener antecedentes, pero en la polarización de hoy hay algo distinto; tercero, la nueva polarización representa un problema para la democracia y el funcionamiento del sistema político, pudiendo incluso contaminar la convivencia social diaria entre los ciudadanos.

No se trata de una particularidad mexicana. En muchas democracias del mundo, desde las más jóvenes hasta las más antiguas –consideradas hasta hace poco “consolidadas” y, por tanto irreversibles, quizá con confianza excesiva–, las sociedades aparecen a los ojos de los analistas como cruzadas por antagonismos viscerales e irreconciliables, de naturaleza no sólo partidista sino incluso cultural e identitaria. La animosidad exacerbada, siguen los análisis, ha tornado las elecciones en luchas sin cuartel, en las que los contendientes transgreden las reglas del juego democrático sin reservas y apelan al electorado en términos emocionales antes que racionales, fomentando así la intolerancia y la discordia.

Correlativamente, las condiciones para la deliberación democrática parecen adelgazarse, al punto de volverla excepcional, cuando no imposible. Dicho adelgazamiento no tiene como fuente única, ni quizá principal, una contradicción subyacente, de carácter irresoluble, entre los intereses de distintos grupos sociales; por el contrario, está al menos parcialmente ocasionada por nuevas barreras al diálogo y la negociación políticas, que los sistemas políticos contemporáneos y los propios electorados tienen dificultad para librar.

En el tránsito a la era digital, las capacidades de filtro e intermediación de los medios de comunicación tradicionales, como las de los propios partidos políticos, han menguado rápidamente. Ello ha dado pie a una comunicación tan abierta y desregulada como agresiva e ininteligible. La esfera pública se halla, en forma creciente, contaminada por la desinformación y la injuria, además de fragmentada en burbujas autorreferentes. En el centro de estas transformaciones se encuentran plataformas digitales cuyos agresivos modelos de negocio, basados en la multiplicación de views y likes, conducen estructuralmente a que sean las voces más estridentes y simplistas las que se alcen como referentes. Sometida a los algoritmos de las redes sociales y la competencia por notoriedad entre influencers, la conversación pública deviene no sólo más polarizada, sino más banal. Así se reproduce un círculo vicioso, en el que las sociedades contemporáneas parecen irremediablemente entrampadas: mientras los problemas públicos se tornan más complejos y desafiantes, los diagnósticos se vuelven más simplistas, las posturas políticas más intransigentes, los antagonismos más primarios.

A las consecuencias sobre la deliberación pública se suman otras posibles afectaciones que, en conjunto, han convertido la polarización política actual en un foco de análisis y preocupación académica. Sin afán de exhaustividad, pueden enlistarse dos adicionales –ambas centrales para el funcionamiento de la democracia e incluso para su supervivencia–. La primera concierne a la calidad de la representación política y las posibilidades para la rendición de cuentas. Entendida como diversidad ideológica-programática, la polaridad es una propiedad importante de los sistemas de partidos. Significa que intereses sociales y corrientes de pensamiento diferentes han encontrado cauce institucional en la arena electoral; implica también que no todos los partidos son lo mismo, de modo que los ciudadanos tienen alternativas reales entre las cuales elegir.

Pero la polarización de hoy no está necesariamente dada por la distancia infranqueable entre cuerpos de ideas bien desarrollados y tiene, además, otras derivaciones. Puede, de hecho, hacer un corto circuito con la rendición de cuentas y con la propia representación programática. Cuando el comportamiento político se define, sobre todo, por el rechazo irredento de “los otros” (etiquetados como peligrosos o perversos), factores como el desempeño del gobierno o el cumplimiento de los programas y promesas pasan a segundo plano. Basta que los contrarios sigan pareciendo lo suficientemente inaceptables, para mantener las adhesiones. Los líderes políticos pueden liberarse así del castigo por una mala conducción del gobierno, la violación de promesas nucleares de campaña o la incongruencia ideológica: en un entorno polarizado, apoyar opciones políticas opuestas puede adquirir tintes de inmoralidad y hasta traición, como quien osa cambiar de bando en medio de la guerra.

Resulta entonces evidente que la polarización política no puede sólo entenderse como un hecho dado, que se desprende en forma natural de las distinciones sociales o la dinámica competitiva. Por el contrario, constituye una variable, o quizás más precisamente, un proceso, que las propias elites políticas pueden tener interés en instrumentalizar. Necesitados del apoyo popular para conseguir y mantener el poder, los liderazgos bien pueden encontrar beneficiosa la política de la demonización, lo cual conduce a la preocupación por la viabilidad democrática misma: conforme crece la animadversión hacia las otras opciones políticas, la tolerancia hacia las transgresiones democráticas a manos de los aliados o los líderes del bando “correcto” es también mayor: tratándose de contener a antagonistas ilegítimos, casi cualquier maniobra queda justificada. Los contendientes pueden quedar así enfrascados en un destructivo juego de suma cero, cuyo movimiento final puede representar la ruptura del marco democrático mismo y la asfixia del pluralismo institucionalizado.

¿Cómo se inserta México en el panorama contemporáneo de la polarización? Este número de Foro Internacional, el último previo a las elecciones presidenciales de 2024 en el país, incluye tres artículos arbitrados que se adentran en la polarización política existente en el sistema de partidos y en la sociedad mexicana misma. Los textos, originalmente presentados y debatidos en el coloquio “Procesos de (des)politización: enfoques teóricos, metodológicos y estudios de caso”, organizado en septiembre de 2023 por el Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, y coordinado por el Dr. Willibald Sonnleitner, abordan la polarización desde diferentes enfoques analíticos. Echan mano de herramientas metodológicas también distintas, desde el análisis cuantitativo de encuestas y de los patrones socioterritoriales del voto, hasta la observación etnográfica de manifestaciones públicas, a propósito de iniciativas gubernamentales de reforma (para algunos, de captura) del Instituto Nacional Electoral (INE).

Con la lectura de los textos, queda de manifiesto que la polarización, al igual que otros conceptos políticos, escapa una definición unívoca. Se trata de un término con una pluralidad de usos y significados pero, aun así, imprescindible para estudiar la mecánica electoral en México, la evolución del sistema representativo, los problemas de los partidos políticos y la relación entre las elites políticas y la ciudadanía. Las conclusiones a las que se llega dependen de las escalas y los espacios en los que se mide (de lo nacional a lo regional y local, de lo metropolitano a lo seccional); de los actores de referencia (de las elites políticas o intelectuales a las masas); y, también, del tipo de polarización, en un espectro que abarca desde las diferencias étnicas o de clase trasladadas al comportamiento electoral, hasta las divisiones puramente partidistas, ideológicas, simbólicas o afectivas, que pueden tener o no un referente socioestructural.

En conjunto, los artículos representan una contribución importante y oportuna a nuestra comprensión de las dinámicas de la representación y el conflicto político en México. Problematizan algunos de los supuestos más comunes de la discusión sobre la polarización contemporánea y dejan en claro que, en algunas de sus facetas, éste no es un fenómeno nuevo ni necesariamente dañino, sino parte connatural de la vida democrática. Los autores trazan además una línea analítica indispensable entre la polarización en sí y lo que de ella se dice y se percibe.

Al mismo tiempo, los artículos alertan sobre un proceso profundo de desalineación partidaria en México, que se combina con una política más emocional, no mediada y moralizante. Al abordar la polarización y su instrumentalización, llaman la atención sobre el ascenso de posturas maniqueas y estigmatizantes, cuyo efecto es la doble degradación de la esfera pública y de la coexistencia democrática. Lejos de la imagen de una sociedad partida en mitades antagónicas, el análisis riguroso desplegado en estos artículos revela un electorado exigente, en búsqueda de alternativas, difícil de encasillar. En suma, un electorado cuyo pluralismo político difícilmente cabe en discursos hegemónicos o clasificaciones binarias de las identidades y preferencias políticas.

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