CONSEJO MEXICANO DE CIENCIAS SOCIALES

El gran Julio: un recuerdo personal

Sep 28, 2022
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Miguel Armando López Leyva

No es este texto una semblanza, sino un breve recuerdo de un personaje que marcó mi vida para bien (una semblanza de Fernando Castaños y quien esto escribe se encuentra disponible aquí: http://revistamexicanadesociologia.unam.mx/index.php/rms/article/view/60325/53211). Recientemente escribí lo siguiente (https://www.iis.unam.mx/wp-content/uploads/2022/08/Primer-quinto-informe-DD.pdf): “Julio fue un personaje excepcional, cercano a mí y a mi familia, generoso con su tiempo, experiencia y conocimientos, siempre dispuesto a ayudar a quien quería y si podía. Le debo mucho de quien soy. En términos académicos, lo reconozco como mentor, no sé si ‘desordenado’, como lo describió Ernesto Ottone en el homenaje al que me referí [celebrado el 22 de noviembre de 2021]”. Este extracto resume bien mi impresión sobre nuestra relación y acerca de lo que representó para mí. Pero quisiera agregar algunas estampas de esa relación que dan la imagen del personaje que recuerdo con agradecimiento, cariño y respeto.

Fui su asistente de investigación. Por una recomendación de un profesor de la Flacso – México, entré en contacto con él porque necesitaba una persona que le ayudara a recopilar información y bibliografía para su tesis de doctorado (un pendiente que dejó por muchos años debido a sus funciones institucionales y que no cejaba en eliminar de su lista). Supe que sus intentos con otros asistentes no habían fructificado, en buena medida porque tenía un estilo de trabajo lento, de escribir y corregir a mano, y por indecisiones a la hora de decidir qué se quedaba escrito. Me permití sugerirle que avanzáramos más rápido y para ello era necesario tener un plan de trabajo. Con humildad y pragmatismo, consciente de que tenía poco tiempo disponible –en ese entonces era integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM– me cedió “el mando”, y se atuvo a los tiempos y condiciones que le puse. Resultado de esa estrategia, en un par de años concluyó su tesis y la defendió en París con éxito.

Seguí como su asistente por unos años más y, a la par, empezamos un trabajo de colaboración académica que se mantuvo en lo sucesivo. Me referiré solo a dos momentos de dicha colaboración. Como producto de nuestras discusiones sobre el cambio político mexicano, escribimos un artículo en la Revista Mexicana de Sociología, “México: una transición prolongada (1988-1996/97)” (http://revistamexicanadesociologia.unam.mx/index.php/rms/article/view/6003/5524), que tuvo un impacto notable y que sigue teniendo resonancia hoy día. Aquí ya no hubo “cesión de mando”, sino un intercambio de ideas y opiniones entre pares que el propio Julio promovió, a pesar de su status académico, y gracias a que me dio suficiente libertad para decir y contradecirlo. Salvo algunos episodios de estancamiento en nuestras reuniones, la escritura del artículo fluyó sin dificultades. Debo decir que es uno de los textos que más valoro dentro de mi propia trayectoria (en la justificación para recibir el emeritazgo, que le fue otorgado el 7 de agosto de 2020, el artículo al que me refiero aquí fue el más citado de su obra).

El segundo momento que, sin lugar a dudas, contribuyó en mi formación académica, fue mi incorporación al seminario “Perspectiva Democrática”, que había creado junto con Fernando Castaños en 2002 (veinte años cumplidos de ese espacio deliberativo). Al principio hacíamos análisis de coyuntura semanal y organizábamos coloquios anuales que derivaban en libros, lo cual permitía sostener debates interesantes y críticas respetuosas a los textos que presentábamos. Julio siempre tenía la intuición precisa para encontrar fallas en las argumentaciones de los y las demás y, con el espíritu irónico y juguetón que le caracterizaba, nos las hacía notar sin reservas. A veces era duro pero se arrepentía de serlo. Podría recapacitar de sus opiniones si se le objetaba con lógica y evidencia. No se empecinaba, pero le molestaba que otras personas lo hicieran. Siempre estaba dispuesto a escuchar y aceptaba con gusto que le recomendaran autores/as o nuevos abordajes que se desarrollaban en las Ciencias Sociales. Era curioso por naturaleza y cuestionador por formación.

Empecé mi carrera como académico, primero en la Universidad Autónoma de Hidalgo y después en el Instituto de Investigaciones Sociales. A partir de ahí, logré trascender ambas facetas y emprender la ruta de una amistad fraterna y cercana (por cierto, ha corrido una “leyenda urbana” que sostenía que mi ingreso al Instituto fue por obra y gracia de él; sin duda me apoyó y escribió una carta de recomendación muy favorable, pero el proceso para que me convirtiera en Investigador de esta entidad fue abierto y colegiado, ajeno a una decisión arbitraria). Se sabía que llegaba al ala B del Instituto porque retumbaban sus carcajadas cuando se encontraba a alguien y bromeaba o lo bromeaban. Recorría el pasillo para ir a saludarme o me llamaba a su cubículo –él le decía “oficina” pues era más grande su espacio que el mío– para platicar, de asuntos de trabajo, de la coyuntura, de nuestras familias o de cómo nos sentíamos. Era afable y cordial con todos y todas. Aunque sé que hay personas que no tienen esta misma imagen de él, esta es la que yo tengo grabada de los 22 años que me tocó tratarlo.

De nuestra relación personal recuerdo pocos desencuentros. No los describiré aquí, pues involucran a otras personas y varios menesteres institucionales, solo diré que Julio podía ser el “tipo duro de la película” si se lo proponía. Me costó mucho lidiar en esos momentos difíciles con él, más por mí, pues creo que yo me enojaba más y era más impaciente. Julio también se enojaba y mucho, nos confrontábamos y, días después, quizás por experiencia y talante, me buscaba para limar asperezas. Eran actos de nobleza que me apenaban porque me hacían sentir soberbio. No quería serlo y no dejo de lamentar haber parecido serlo. Pero a veces así son las lecciones de las relaciones amistosas: uno aprende a comportarse cuando el otro actúa con madurez e inteligencia.

La experiencia de Julio siempre fue una fuente aprendizaje adicional de la cual abrevé constantemente. Su conocimiento del medio universitario me fue indispensable en mis primeros pasos como funcionario, secretario académico por casi dos años, y después en el camino que emprendí hacia la dirección del Instituto. Durante mis primeros años como director, le hice consultas puntuales acerca de asuntos en los que tenía dudas o en los que francamente no sabía bien qué hacer. Era una de las pocas personas a las que me atrevía a pedir consejo. Siempre atento, me sugería opciones de decisión pero, respetuoso, lo dejaba a mi criterio. Tengo presente una frase que, imagino, venía de su propio ejercicio institucional: “tú eres el director, no lo olvides. Tú decides”.

Una anécdota ilustra bien el punto. En agosto de 2017, después de tomar posesión como director, tuve una larga conversación con quien me antecedió en el cargo. Don Pablo González Casanova, como era su costumbre cuando había nuevo titular de la entidad, bajó a buscarme. No lo pude recibir y cuando me desocupé, él ya se había retirado de las instalaciones. Le pregunté a Julio qué debía hacer. Me sugirió buscarlo personalmente en lugar de darle una cita. Julio lo conocía bien y Don Pablo le tenía aprecio. Unos días después, le pedí a mi asistente me indicara el momento en que Don Pablo llegase al Instituto. Cuando me avisaron que había llegado, subí y me presenté. Don Pablo me recibió con una sonrisa y un trato tan amable que no olvidaré; charlamos por una hora, me habló de sus proyectos y de sus intereses, y quedamos en volver a platicar. Pero una de las primeras preguntas que me hizo fue: “¿usted trabaja con Julio, verdad?”. Trabajar con Julio fue una carta de presentación segura con Don Pablo.

Hace un año, Julio Labastida se nos fue. Con aplomo y elegancia, con discreción y sentido del humor, fue anunciando su partida poco a poco. Con realismo fue aceptando de forma progresiva las limitaciones que la edad y algunas enfermedades le fueron imponiendo. No le gustaba verse privado de la libertad de decir y hacer, mucho menos de moverse, por lo que la última etapa de su vida asumió su condición a regañadientes y la enfrentó de un modo valiente. Me conmocionaba verlo en esa batalla que sabía perdida pero que también sabía que tendría un fin. Me conmocionaba más poderlo platicar con él sin dramatismos. Admiré siempre esa capacidad para jugar con la idea de la muerte (guardo la fotografía que un día mandó en la que él está sentado en un consultorio, junto a un esqueleto, la mano de éste sobre el hombro de Julio y él con el cuerpo caído, en señal de rendición). Tendré presente su fortaleza y lucidez cuando me llegue la hora –espero que no sea pronto– y seguro lo saludaré con efusividad cuando nos encontremos en el limbo del agnosticismo.

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3 Comentarios

  1. Me interesa inscribirme al taller de análisis de redes sociales, pero no encuentro la forma de hacerlo. Gracias!!

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    • Hola Esther. Disculpa la demora en la respuesta. Para inscribirte debes hacer clic en donde dice +Inscribirse a los talleres y completar los campos que se despliegan, después seleccionas el taller de tu interés y al final se mostrarán las opciones de pago. Saludos

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  2. Pingback: un recuerdo personal – Resonancias | El Sol Revista

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