Publicado el 8 de Agosto de 2016

Acerca de la religión de los caballeros templarios, Claudio Lomnitz

“No soy narcotraficante, soy jefe de una familia. Mi territorio es sagrado, fui elegido desde arriba, voy a saldar una letra que tiene tiempo vencida. Si persiguieron a Cristo, ¿qué tiene que me persigan?”, es la letra del corrido titulado Mis soldados son guerreros interpretado por Melissa Plancarte, conocida como “La princesa Templaria” por ser hija de Enrique “Kike” Plancarte, líder de Los Caballeros Templarios, grupo delictivo que operó con auge en Michoacán entre los años 2011-2014 y que pretendía instaurarse no sólo como una organización criminal sino también como un proyecto de formación religiosa o cuasi religiosa.

La imbricación entre las actividades delictivas, la defensa de los desprotegidos y la supuesta elección divina de Nazario Moreno como líder de Los Caballeros Templarios fue el tema de la conferencia de Claudio Lomnitz, profesor de antropología de la Universidad de Columbia, en el 5 Congreso Nacional de Ciencias Sociales. En su trabajo Lomnitz explora los fundamentos de la cultura del narcotráfico en México y cómo ésta, en el caso de Michoacán, desarrolló un proceso de evangelización que el fondo pretendía justificar los actos delictivos de la organización criminal pero que, a su vez, recreó todo un culto religioso alrededor de la figura de Nazario Moreno. Este fervor despegó tras su muerte fingida, el 9 de diciembre de 2010, y se confirmó en su muerte definitiva, el 9 de marzo de 2014.

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El análisis aborda las posibles repercusiones de los escritos religiosos-propagandísticos que el propio Nazario Moreno generaba para convencer a los michoacanos de que su proyecto no era sólo criminal sino un mandato divino para terminar con todos aquellos que vulneraban la paz:

“Los escritos de Nazario Moreno se distribuyeron ampliamente entre los templarios y aun en lugares públicos en Morelia, Uruapan, Apatzingán y otras ciudades michoacanas… ignoramos qué tanto de ese esfuerzo se empalmaba con un trabajo de institucionalización para formar reclutas y cuánto era parte del aparato de propaganda de la organización, orientado a crear una imagen para el público no templario. Ni siquiera tenemos claro aún el grado de convencimiento que haya generado Nazario Moreno con los capos que compartían la cúpula del poder en su organización, como el Kike Plancarte y Servando Gómez, La Tuta”.

Más allá del morbo que puede llegar a causar por sí mismo el narcotráfico, el análisis se centra en el entramado simbólico alrededor de las pretensiones religiosas de quien también fue apodado como “el más loco” por la sanguinaria manera en que quitaba la vida tanto a sus adversarios como a sus detractores, puesto que no es lo mismo “evangelizar” después de haber ganado una guerra que hacerlo en pleno combate:

 

A estas consideraciones —el poco tiempo que hubo para una consolidación institucional y la poca información de la que dispongo para conocer los verdaderos usos operacionales de los textos clave de Nazario Moreno— se agrega todavía otra: al igual que todos los demás cárteles en este periodo, Los Caballeros Templarios estaban en constante lucha, creciendo rápidamente por un tiempo, y contrayéndose o dispersándose después. Los procesos de expansión pueden ser también momentos de efervescencia de una religión —basta recordar la velocidad con la que se extendió el islam en el siglo posterior a la muerte de Mahoma—, pero expandir una religión en condiciones de reclutamiento competitivo de agentes y soldados no es sencillo, y es muy posible que la religión de los templarios haya tenido espacios limitados para sus ritos y doctrina, aun al interior de la organización, cuando, por ejemplo, los templarios se extendieron a territorios de los estados de México, Guerrero o el Distrito Federal. Por último, tampoco sabemos si hubo interés en continuar el culto después de la segunda muerte de Nazario Moreno, a principios de 2014.

¿Es posible pensar en una práctica o culto religioso en tales condiciones? De acuerdo con Claudio Lomnitz es posible y es precisamente lo que sucedió con Los Caballeros Templarios, porque su presencia, rol y actividad en la región michoacana se combinó con una serie de devociones y supersticiones individuales y/o colectivas que ya orbitaban alrededor del mundo relacionado con el crimen organizado y la violencia. Devociones o preferencias religiosas a determinado santo o encomiendas rituales alrededor, por ejemplo, de la Santa Muerte o Martín Valverde, se concatenaron para generar una identidad colectiva alrededor de lo que significaron los templarios en esta región del país.

Estas consideraciones dan pie al desarrollo de dos categorías de análisis para abordar tanto la religión (des) organizada de Los Caballeros Templarios como las devociones individuales/colectivas que ya estaban presentes en el territorio michoacano antes de la llegada e imposición de esta organización criminal.

Respecto al primer tema, Lomnitz explica que sí existían preceptos y prácticas religiosas en los templarios porque alrededor de sus creencias se desarrolló “un código y una serie de ritos” cuyo objetivo era generar “una personalidad, o ideal personal que diera sentido a su pertenencia al grupo”, de ahí que parte de este proceso –como en otras religiones- debía de manifestarse a través del reclutamiento y adoctrinamiento de nuevos miembros: “la religión templaria se encaminó también a crear una imagen de la organización. Esa imagen contrastó con los esfuerzos de sus competidores y del gobierno por definir a los templarios como simples criminales”.

Este esfuerzo por auto-representarse no como una organización/empresa criminal –como el Cártel de Sinaloa- sino como organización de defensa de los desprotegidos es reafirmada en una entrevista que Nazario Moreno concedió a la revista Proceso, en agosto de 2012, y constituye una referencia para mostrar ese culto identitario que buscaron edificar los templarios:

 

“Cuando nos disolvimos como La Familia Michoacana y fundamos Los Caballeros Templarios decidimos que en esta hermandad no habría secuestradores, delincuentes, violadores, roba bancos, ni homicidas. Quien desobedece paga con la muerte, de acuerdo al Código de los Caballeros. Fue esa razón por la cual nos separamos de La Familia y ahora luchamos contra todos. ¿Quién es ‘todos’?”: Cártel de Jalisco Nueva Generación, a La Familia, Los Zetas, los Beltrán Leyva, los Amezcua, el Cártel del Golfo, los Arellano Félix, La Resistencia, etcétera”.

Esta construcción identitaria constantemente chocó con la cultura regional presente en el territorio michoacano, el cual posee un carácter multicultural no sólo por la presencia de poblaciones indígenas sino por el constante proceso migratorio hacia los Estados Unidos. Este último componente transnacional tuvo su impacto frente a la instauración de las nociones religiosas o cuasi-religiosas que los templarios por la fuerza buscaron implantar en la región. Un ejemplo de este choque es que muchos michoacanos residentes en los Estados Unidos viajaron a sus tierras para enrolarse con “las auto-defensas” que –inicialmente- se gestaron para combatir a los templarios.

No obstante, el centro del debate y explicación radica en entender cómo es que esta cultura regional incide en las estructuras familiares y cómo éstas, a su vez, propiciaron los cambios que transformaron en los últimos 20 años la noción del campesino o ranchero michoacano por:

 

“una cultura del consumo marcada por la camioneta, el rancho, el ganado y los cuernos de chivo (…) semejantes explosiones de dinero, de poder y de consumo desbocado se entienden como fenómenos próximos a la muerte por no ser reproducibles, y no todos le dan la bienvenida a la muerte, sino que buscan, idealmente, traducir su riqueza y su dinero en una forma de vida sustentable sólo que frecuentemente no hayan cómo hacerlo (…) El problema central del dinero del narco es la reproducción, representada aquí como un impulso de volver a la tierra y al maíz como símbolo de lo sustentable y de lo honrado”.

Bajo estas condiciones, el ideal templario no tardó mucho en encontrar eco entre la población michoacana y Nazario Moreno, según atestigua él mismo a través de las pocas entrevistas que concedió a la prensa, utilizó su propia experiencia de vida (migrante, sobreviviente y combatiente a las adicciones) para convertirse en el ideólogo de una supuesta religión donde éste fue elegido para expulsar a quienes tenían sumida a Michoacán en el miedo, el terror y la violencia.

Una referencia clave para analizar la figura del líder moral de los templarios son los escritos del pastor evangélico John Eldredge, autor del  libro Salvaje Corazón (Wild at Heart), una lectura que Nazario Moreno, también apodado “El Chayo”, usó como texto obligatorio para quienes intentaban formar parte de los templarios. Este libro se centra en el rescate de la masculinidad ante la feminización de la cultura; el pastor evangélico creía que el cristianismo había apartado la visión guerrera y animal del hombre para sustituirla por la calma y la bondad. Para éste, el hombre debía ser un guerrero y debía habitar los espacios propios del hombre.

Fascinado por esta idea, Nazario Moreno ideó una cosmovisión templaria que no sólo buscaría el rescate de la naturaleza guerrera del hombre sino, sobre todo, el rescate del hombre mismo, lo cual dada la cultura regional michoacana hizo eco en cientos de jóvenes que –como “El Chayo”- crecieron sin una figura masculina, ya sea por los efectos de la migración o por el abandono del padre.

El rescate del hombre, la supremacía del campo sobre la urbe, la protección con honor de los suyos y la adhesión a una organización que cuyos preceptos destacaban la defensa a la vida y cuyas obras hacían tributo a la violencia y muerte fueron algunos de los elementos contradictorios que existían alrededor del intento templario de ser, a la vez, crimen organizado y culto religioso.

“No hay, al final, forma de cuadrar el círculo. Los templarios crearon una religión que les tendría que permitir volver a sus comunidades, emanciparse de la pobreza y la explotación en la que nacieron, defender a su gente (por esto, jefes como Nazario Moreno y La Tuta tienen bases importantes en sus regiones natales) pero terminaron siendo sirvientes del dinero, adorando la muerte”.

Las nociones religiosas o cuasi-religiosas de Los Caballeros Templarios terminaron con la idea de “la reivindicación personal, de rescate de la familia, y de rescate del terruño”, porque la recuperación del corazón guerrero del hombre terminó por crear “una ideología de matones” que avalados en una falsa fe consideraron que: “su temple superior los hacía merecedores de ser los amos de Michoacán”. Al final, esta noción es –quizá- la que esté causando la extinción de este grupo criminal michoacano.

Por Darwin Franco Migues

*Conferencia impartida en el marco del 5 Congreso Nacional de Ciencias Sociales organizado por COMECSO en la Universidad de Guadalajara. (Video)

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